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Reconfirmando A Los Santos En La Verdad

2/5/2017

 
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Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Julio 2016
 página 8.
“Por esto, yo no dejaré de amonestaros siempre de estas cosas, aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente, porque tengo por justo, en tanto que estoy en este tabernáculo, de incitaros con amonestación: Sabiendo que brevemente tengo de dejar mi tabernáculo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado. También yo procuraré con diligencia, que después de mi fallecimiento, vosotros podáis siempre tener memoria de estas cosas” (2 Ped. 1:13-15)
Esta declaración del apóstol Pedro, fue hecha en la última parte del primer siglo en los últimos tiempos de su vida, sus palabras ya no son las del hombre fuerte que predicó el primer sermón en el hoy histórico día del Pentecostés, sino las del viejo y cansado ministro de Dios, quien sabía que los días de su ministración al pueblo del Señor estaban llegando a su fin, desde el principio de su ministerio, el apóstol Pedro, al igual que sus hermanos y compañeros en el apostolado, estaba seguro de que había enseñado las verdades de Dios a los integrantes de la Iglesia primitiva. Pues el Señor mismo lo instruyó y confirmó (2 Ped. 1:16), para que declarara con toda certeza las maravillosas verdades del evangelio, el apóstol Pedro, consciente de que su partida estaba cercana, trata ahora en todas las formas posibles de reconfirmar a los creyentes, para que éstos a su vez continúen con la misma firmeza, contendiendo “eficazmente por la fe que ha sido una vez (entonces) dada a los santos” (Jud. 3).

Para estas fechas han transcurrido ya cerca de dos milenios, y el Señor ha obrado para que el anhelo intenso del apóstol Pedro, como también el de sus compañeros, sea hoy ya una realidad, pues lo que, en los principios de la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo, estos “santos hombres de Dios hablaron (y escribieron) siendo inspirados del Espíritu Santo” (2 Ped. 1:21), ha prevalecido. Sus Escritos han cruzado íntegros a través de los siglos, a pesar de la tremenda oposición del infierno, esta oposición más bien ha servido para que el milagro de que nosotros podamos tener hoy en nuestras manos estos Escritos Sagrados, sea más marcado. En todo caso, el Autor de este milagro es el Dios de Israel, quien es también el mismo Dios de la Iglesia: JESUCRISTO EL SEÑOR, Él es quien, después de formar la nación israelita como Su pueblo escogido, les dio por mano de Moisés Su siervo la Torá (la Ley), y ordenó que Sus mandamientos se transmitieran de padres a hijos, de generación en generación. Después de casi cuatro milenios, hasta hoy, el judaísmo fiel así lo ha hecho. Y el mismo sistema aplicado por nuestro Dios para preservar al Antiguo Testamento, ha operado para preservar también el Nuevo.
BREVE RESEÑA DE LAS VERDADES DIVINAS
Lo antes dicho sobre la imperiosa necesidad de que el pueblo de Dios debe ser reconfirmado en las verdades eternas, no aprovecharía mucho si no declaramos específicamente cuáles son esas verdades, por tanto, una vez más (porque ya lo he hecho otras veces), hago mención de los Tres Mensajes Fundamentales que a los fieles servidores del Señor Jesús nos es imperativo conocer, pues sobre estos, está basado todo el plan de la creación y de redención: 1. Quién es Dios. 2. Quién es Israel. 3. Quién es la Iglesia. Ahora, cada uno de estos Mensajes Fundamentales a su vez, consiste en un cúmulo de maravillosas declaraciones que, en el Libro Divino, por Su Espíritu Santo, Dios nos da a conocer, he aquí algunas, en forma breve.
QUIÉN ES DIOS
Dios es Espíritu (Jn. 4:24), Él es Infinito y es Eterno, nunca principió y nunca termina. Para Dios no existe el tiempo ni la distancia, Él está en todo lugar, todo lo puede, todo lo sabe. La capacidad limitada de nosotros los humanos nunca podrá captar la majestad terrible de nuestro Hacedor (Job. 37:22-23). Dios es Uno (Dt. 6:4). No hay otro Dios fuera de Él (Is. 45:5-7). Dios puede manifestarse en las formas que deseare, mas no por ello está dividido. Él es el Padre, Él es el Hijo, Él es el Espíritu Santo (Is. 9:6), Dios no es una “Trinidad”, ni tampoco una “Dualidad”, JESUCRISTO EL SEÑOR es el Único Dios (1 Jn. 5:20).

El Hijo no principió en Belén, “Él es antes que todas las cosas” (Col. 1:17), “el principio de la creación de Dios” (Ap. 3:14), no es una “segunda persona” en la Divinidad, Es el Cuerpo visible, “la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura” (Col. 1:15). “Dios ha sido manifestado en carne” (1 Tim. 3:16). No el Espíritu Eterno, más Su Cuerpo de gloria, visible, fue en el que Dios se manifestó en Humanidad perfecta (Fil. 2:6-7). Con Su muerte en la cruz libró a Sus hijos (Heb. 2:14-15) quienes, habiendo sido engendrados por primera vez antes de la fundación del mundo (Rom. 8:29), necesitábamos aquí “nacer otra vez” (Jn. 3:3).

Dios tiene muchos nombres, pero Su Supremo “Nombre que es sobre todo nombre”, es Jesucristo el Señor Fil. 2:9-11). Por medio de este Nombre opera la gracia de Dios, y nos limpia Su Sangre redentora, solamente por ese Nombre se adquiere la salvación de Dios, y el perdón de los pecados (Hch. 2:38. 4:12). El Espíritu Santo no es tampoco una persona en la Divinidad; es Dios mismo por Su Espíritu operando como la fuerza transformadora y de poder en cada uno de Sus hijos.
QUIÉN ES ISRAEL
Dios dice: “Israel es Mi hijo, Mi primogénito” (Éx. 4:22), Jacob (Israel), es pueblo escogido por Dios (Rom. 9:13). La nación judía es “El Pueblo del Libro”, de este pueblo (Israel), “es la adopción, y la gloria, y el pacto, y la data de la Ley, y el culto, y las promesas” (Rom. 9:4). El Señor mismo declaró que “la salud (la salvación para nosotros los cristianos gentiles) viene de los judíos” (Jn. 4:22). El velo de incredulidad que hasta hoy está sobre los ojos de ellos para que no crean que el Señor Jesús es el mismo Dios de Israel, les ha sido puesto por el Señor mismo por amor de nosotros (Rom. 11:32), más ese velo, les será quitado cuando “haya entrado la plenitud de los Gentiles” (Rom. 11:25-27).

El pueblo judío es un pueblo indestructible, porque Dios así lo ha determinado (Jer. 31:35-37), por eso es que, a pesar del odio de todo el mundo en contra de ellos, después de cerca de cuatro mil años de existencia, el pueblo judío vive hoy. Este pueblo es bendito de Dios y nadie puede quitarle esa bendición (Gn. 12:1-3). Israel existe hoy nuevamente como un Estado, en cumplimiento a la señal profética más portentosa del último tiempo, durante el curso de los pocos años de existencia del Estado Judío, Dios ha obrado señales y portentos en Israel, que han asombrado al mundo eterno. Este pueblo es el reloj del tiempo profético de Dios, por tanto el destino de las naciones está ligado a Israel, para el tiempo de este escrito, el Judaísmo Ortodoxo (observante), tanto en Israel como también en la Diáspora (Esparcimiento), está en gran dolor. El tiempo está llegando en que han empezado a cumplirse sobre la Ciudad Amada de Jerusalén y por lo consiguiente sobre Israel, las señales finales (Zc. 12:2-3. 14:2-3), el Mesías que el Judaísmo Ortodoxo espera hoy con ansia, y aun con desesperación, se manifestará ya pronto para librar y redimir a Su pueblo escogido, y cumplir las promesas eternas que Él mismo le ha hecho. Esta manifestación es la Segunda Venida en gloria de Jesucristo Señor nuestro, quien es el Dios de Israel y también el mismo Dios de la Iglesia. “Y habrá un rebaño...” (Jn. 10:16).
QUIÉN ES LA IGLESIA
Desde su fundación y hasta hoy, la Iglesia ha sido el conjunto universal de los que hemos creído en JESUCRISTO el Señor, el Salvador, es el conjunto de los que hemos creído que solamente “por la Sangre del Cordero” (Ap. 12:11), por Su gracia y por la invocación del Nombre de Jesucristo el Señor (Hch. 2:38. 22:16), alcanzamos la remisión de pecados y el don de Su Espíritu Santo, para dar los frutos de este mismo (Gál. 5:22-23). Es el conjunto de aquellos que como “nuevas criaturas” (2 Cor. 5:17), le hemos servido hasta hoy en “paz y santidad” (Heb. 12:14), “amando y haciendo justicia” (1 Jn. 3:10).

La Iglesia es del Señor (Mt. 16:18), Él es quien la compró con Su Sangre. Su Iglesia es Una, y es universal, no consiste en cierta o cual denominación u organización religiosa, ni es propiedad de algún hombre o de cierto grupo de hombres, el Señor es quien conoce a todos y cada uno de los que verdaderamente son miembros de Su Iglesia (2 Tim. 2:19).

Él es el Sumo Pontífice, la Cabeza, el Jefe, y el Todo, Él es el “Pastor y Obispo de vuestras almas” (1 Ped. 2:25), el gobierno en Su Iglesia debe de ser Teocrático, donde en verdad Dios dirige, no el hombre, donde no hay categorías “oficiales”, ni “superiores”, sino que hay servidores verdaderos (Mt. 20:25-26; 1 Ped. 5:1-3). No en la forma de pirámide, como lo es el gobierno de autoridad de hombre, que es precisamente “la imagen de la bestia”, la cual “marca” con “el número de hombre, 666” (Ap. 13:16-18), que equivale a su vez con lo que el Espíritu Santo nos dice en Santiago 3:14-16 y 1 Juan 3:10-15, pues la marca de Dios en Sus hijos (Ez. 9:4; Ap. 7:3), los miembros de Su Iglesia, es exactamente lo opuesto (Stg. 3:17-18).

La esperanza maravillosa de los hijos de Dios es la Venida en gloria del Señor (Tit. 2:13), es el día de la resurrección (1 Tes. 4:16; 2 Tes 1:6-9), cuando Israel y la Iglesia serán “un rebaño” (Jn. 10:16), no es en un “rapto misterioso”, en ese moderno invento del anticristo, quien es el mismo Satanás (1 Jn. 4:3).
EL ELEMENTO HUMANO BÁSICO
Después de la breve mención de los fundamentos doctrinales integrantes de “la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Jud. 3), menciono a aquellos, que tanto el apóstol Pedro, como los demás apóstoles, consideran indispensables a fin de que todo lo antes dicho nos aproveche. Esto es el elemento humano que a los verdaderos miembros de la Iglesia nos corresponde poner, que consiste en los sentimientos y las intenciones del corazón que agradan a Dios, estos principian con un reconocimiento profundo y absoluto hacia nuestro Todopoderoso Dios, con esa sinceridad y esa humillación verdadera que Él demanda de nosotros (Miq. 6:8; Mt. 11:29).

Este reconocimiento es, entonces, el que produce los frutos del Espíritu (Gál. 5:22-23), y la consecuente obediencia para cumplir con los requerimientos Divinos señalados por Dios en Su Santo Libro, y en nuestro caso como creyentes entre los gentiles, salvos solamente por gracia, estos requerimientos son los que están señalados más particularmente en el Nuevo Testamento, pues, es por nosotros, por quienes se preocupa el apóstol Pedro, cuando dice: “También yo procuraré con diligencia, que después de mi fallecimiento, vosotros podáis siempre tener memoria de estas cosas” (2 Ped. 1:15).

El apóstol Pablo resume estos requerimientos en una forma concreta cuando exhorta: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien en humildad, estimándoos inferiores los unos a los otros, no mirando cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también a lo de los otros” (Fil. 2:3-4). (Hace muchos años el Señor me mostró en una forma muy particular que el que así vive, está bien ante Él, más el que no vive esto, no importa qué tanto dijere e hiciere, está mal). También está escrito: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe, y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda la ciencia... y no tengo caridad, de nada me sirve” (1 Cor. 13:1-3). De igual manera dice el Señor al creyente que no vive ya en “este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:5): “Yo sé tus obras, y tu trabajo y paciencia… Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor” (Ap. 2:2-5). Lo citado, y las muchas más Escrituras que tratan sobre este respecto, “ninguno de los impíos (las) entenderá (ni las tomará en cuenta), pero (las) entenderán (las aceptarán y las vivirán) los entendidos” (Dn. 12:10).

Esta Revista Internacional “Maranatha”, ha seguido siendo enviada a miles de lectores a través del mundo. A muchos les conozco personalmente y a muchos no. Tengo entendido a la vez, que entre estos miles de lectores, están tanto los que me aman como también los que no sienten igual, y que todos van a leer la declaración siguiente. Mas advierto, sin embargo, que la declaración va dirigida más particularmente a los que me aman y que aprecian el ministerio que ya para este tiempo el Señor por una vida me ha encomendado.
UNA DECLARACIÓN IMPORTANTE
LA DECLARACIÓN POR MI PARTE, ahora, consiste en que las palabras del apóstol Pedro, que cito al principio, hoy las estoy apropiando y haciéndolas mías, con esto no estoy adjudicándome título alguno (a los que me aman consta que, contra el demonio ostentoso y ridículo de los títulos y renombres, y otros más, he predicado duramente), mi intensión aquí, es recordarles a mis hermanos amados, que el número de los días de mi ministerio se están acortando. Y que, así como pudo sentir el apóstol Pedro y los demás apóstoles entonces, y todos los ministros fieles en las edades subsiguientes y hasta ahora, también yo siento el decirles hoy a todos mis fieles hermanos a quienes he venido ministrando ya por una vida, que me urge el que “vosotros podáis siempre tener memoria de estas cosas”.

Mis amados hermanos y hermanas en la fe, como también mis hijos amados en el Señor, yo sé que ustedes van a entender el intento de mi declaración, pues están contados entre los que hemos recibido de Dios el privilegio de conocer las mismas verdades que el apóstol Pedro y sus compañeros enseñaron, verdades que hasta hoy podemos conocer en el Libro Santo, verdades que, por voluntad de Dios, yo he sido también privilegiado de poder anunciar ya por una vida. Estas verdades son las que me urge que ustedes puedan tener siempre en memoria. Pues la jornada final quedará pronto a cargo de ustedes, los fieles de esta última generación, quienes estarán en pie hasta la inminente Venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.
​
Dios os bendiga.
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