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Poder Y Control De La Cuarta Bestia

4/24/2016

 
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Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Abril 2014
 página 11.
En Diótrefes descubrimos y podemos ver con toda claridad la simiente maligna del anticristo en la Iglesia primitiva, este ministro es el molde exacto que podemos usar para medir a todos los vasos (anticristos) que ha usado el anticristo (Satanás) durante los siglos que han pasado y hasta el día de hoy
Continuación del libro Adoradores, Capítulo 19.
RECAPITULACIÓN HISTÓRICO-PROFÉTICA
Ya hemos puesto antes en claro que las cuatro bestias de la profecía de Daniel simbolizan a cuatro reinos, imperios o potencias que en sus respectivos tiempos han tenido influencia universal, la última que vio Daniel, que es la que vio Juan, es la única estructura de poder universal que ha permanecido ejerciendo influencia de poder en forma continua sobre todas las naciones de la Tierra hasta hoy. La cabecera de esta estructura de poder ha sido Roma, quien por el poder de medio milenio de su existencia (del 150 a.C. hasta el 450 d.C., aproximadamente) controló al mundo siendo un imperio pagano, político-militar, el segundo milenio de su increíble poder de influencia lo ejerció como una estructura político-religiosa de tipo espiritual, entre los siglos V y XV aproximadamente. La última parte de los más de dos milenios de su larga existencia, o sea los últimos 500 años y poco más, la poderosa influencia que ha ejercido entre las naciones de la Tierra hasta la presente civilización, ha sido religiosa, intelectual y política.

Es una multitud incontable entre el mismo profesante cristianismo quienes ignoran, casi por completo, cuál es el poder y el control que ejerce hoy, directa o indirectamente, esta “bestia” en todos los aspectos de la vida de la civilización presente; pues, precisamente, la operación del espíritu del anticristo ha sido “cegar los entendimientos de los incrédulos” (2 Cor. 4:4), su influencia abarca a las poderosas naciones industriales del Occidente autodenominadas “cristianas” y, en conjunto con ellas, a las naciones subdesarrolladas de América Latina, parte de Asia y de África, de igual manera, su influencia se extiende hoy, en diferentes grados, entre las poderosas naciones comunistas y sus respectivos estados satélites. Ciertamente que la doctrina ateísta del comunismo es hoy una de las realidades proféticas innegables, pero es imposible que las naciones que están bajo ese régimen político puedan existir desconectadas de las demás, la razón para ello es sencillamente porque no son unidades separadas sino parte de los mismos “cuernos de la misma bestia”. La economía, las comunicaciones y todos los aspectos de la vida de la presente civilización están inexorablemente influenciadas, en una u otra forma, por el poder de esta “cuarta bestia, espantosa y terrible” (Dn.7:7), que cuenta para estas fechas ya con una vida de cerca de dos y medio milenios.
Para el tiempo del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, el poder de Roma estaba en su apogeo, bajo la sombra de la poderosa Roma pagana, en el año 30 de nuestra era, fue crucificado el Señor Jesús. La Iglesia principió su ministerio en ese mismo tiempo, la cual a su vez, fue perseguida y martirizada por ese poder, el Emperador Cesar Nerón fue el principal instigador de la primera y grande persecución contra los cristianos en el año 64 y el Emperador Dominicano la continuó del año 89 al 96; Adriano del 117 al 138; Marco Aurelio del 161 al 180; Séptimo Severo del 200 al 211; Decio del 249 al 251; y Valeriano del 259 al 263. Por los siguientes cuarenta años, la Iglesia cristiana disfrutó de relativa paz hasta el año 303, cuando Diocleciano promulgó la última y más terrible persecución que continuó su sucesor, Galeano, hasta el año 311 cuando éste, atormentado por terribles enfermedades, expidió un edicto ordenando, pidiendo que cesara la persecución. El edicto de Galeano fue, a su vez, confirmado por su sucesor Constantino quien, en el Decreto de Milán, no solamente puso fin definitivo a las persecuciones, mas elevó la religión cristiana al nivel de las demás religiones paganas del imperio. A su tiempo, esta medida trajo como resultado el reconocimiento del cristianismo como la religión oficial del Estado, fundiéndose así el poder secular-militar con el religioso-espiritual. Es aquí cuando tiene su cumplimiento la profecía de Daniel concerniente al “cuerno pequeño” en el cual “había ojos como ojos de hombre, y una boca que hablaba grandezas” (Dn. 7:8), ya que al poco tiempo esta combinación de poder político-religioso dominó sobre los demás “cuernos de la bestia”, o sea, las diferentes entidades tanto militares como políticas que integraban el imperio.

Es de suma importancia considerar con detenimiento las características del “cuerno pequeño”, el cual es muy diferente que los demás “cuernos (poderes) de la bestia”. En Apocalipsis, donde se señala el aspecto de “la bestia”, se le describe siempre con “siete cabezas, y diez cuernos” (Ap. 12:3, 13:1 y 17:3-7). Los cuernos simbolizan el poder de la fuerza física, militar y civil, las cabezas tipifican la fuerza del carácter intelectual, religioso y espiritual. Los “cuernos” dominan por la fuerza, y las “cabezas” dominan la voluntad por influencia y convencimiento. Daniel vio levantarse de entre los cuernos un “cuerno pequeño” que incluye, en sí, las dos clases de poderes, eso es exactamente lo que se cumplió en ese tiempo de la historia, cuando se fundieron en uno el poder secular del Imperio y el poder espiritual de la ya entonces poderosa estructura reconocida como “la Iglesia Universal”: Un “cuerno” con características de “cabeza”; “con ojos, y una boca que habla grandezas”.

Aquí el simbolismo se aplica directa e invariablemente a alguien “que mira, y que habla cosas importantes” que en este caso es el significado exacto de la palabra “obispo” (episcopus), o sea un “sobreveedor”, uno que vigila, uno que supervisa, y por “la boca que habla grandezas” es fácil entender que se trata de alguien que ejerce influencia controlando con lo que habla: un predicador, un enseñador en posición especial en la Iglesia. Entonces la misma historia es la que nos da razón, sin lugar a dudas, del poder religioso-espiritual que tomó señorío sobre razas y naciones de la civilización de entonces, y que hasta ahora tiene influencia sobre “pueblos y muchedumbres y naciones y lenguas” (Ap. 17:15). Fue en ese tiempo de la historia de “la bestia” en el que una dinastía de obispos apóstatas empezó a ejercer una influencia tan tremenda que ha sobrepasado muchas veces a todos los poderes habidos a lo largo de la historia. Para el tiempo presente, la organización político-religiosa tipificada por “la mujer vestida de púrpura” (Ap. 17:4) ha estado y está sentada sobre la “bestia”, que es la misma civilización presente con sus respectivos “cuernos” y “cabezas”.

Es muy importante el hecho de entender que “la bestia”, especialmente para el tiempo presente, no es la organización político-religiosa descrita como “Misterio, babilonia la grande, la madre de las fornicaciones y de las abominaciones de la tierra” (Ap. 17:5), la idea general que prevalece en la mente de la mayoría de los intérpretes proféticos, es que la institución conocida como la Iglesia Católica es en sí sola “la bestia”. Mas la civilización presente, en su totalidad, es “la bestia”, la “iglesia” romana es “la mujer vestida de púrpura y de escarlata, y dorada con oro, y adornada de piedras preciosas y de perlas, teniendo un cáliz de oro en su mano llena de abominaciones, y de la suciedad de su fornicación” (Ap. 17:4). La mujer, en cambio, “cabalga sentada sobre una bestia bermeja llena de nombres de blasfemia y que tiene siete cabezas y diez cuernos” (ver. 3). Enfatizo el distintivo de las “siete cabezas y diez cuernos” para comprobar lo establecido de que “la bestia” es el total de la civilización presente que innegablemente abarca y controla a la humanidad entera por medio de los poderes intelectuales y espirituales (cabezas), militares y civiles (cuernos), los poderes de “las cabezas” influyen, convencen. Los poderes de “los cuernos" obligan, dominan por la fuerza. Juan vio “diademas” sobre los cuernos de “la bestia”, y sobre las cabezas de ella vio “nombre de blasfemia” (Ap. 13:1). La ganancia que se adquiere al dominar por la fuerza a las masas humanas, son “diademas” (riquezas y beneficios materiales). En cambio, el producto del dominio intelectual o espiritual es “nombre de blasfemia” (honores y glorias humanas); títulos y “nombres” de grandeza que alimentan la soberbia y el ego humano, es más que posesión de bienes y riquezas materiales, es la satisfacción de ser poseedores de la mercancía de valor supremo: “de almas de hombres” (Ap. 18:13). Aquí es donde la operación del “cuerno pequeño” (Dn. 7:8) actúa en su pleno apogeo aprovechando la terrible confusión universal que prevalece en medio de “Babilonia” (Ap. 18:2).
El Espíritu Santo, confirmando lo antes dicho a Daniel, vuelve a declarar la operación usurpadora y blasfema de una dinastía de engañadores espirituales, diciendo: “Y al cabo del imperio de estos, cuando se cumplirán los prevaricadores (los falsos, los apóstatas), se levantará un rey (una dinastía) altivo de rostro, y entendido en dudas, y su poder se fortalecerá, mas no con fuerza suya— pues ‘el dragón’ (el diablo, el dios de este siglo) le dio su poder, y su trono, y grande potestad (Ap. 13:2)— y destruirá maravillosamente, y prosperará y hará arbitrariamente, y destruirá fuertes y al pueblo de los santos, y con sagacidad hará prosperar el engaño en su mano, y en su corazón se engrandecerá, y con paz destruirá a muchos, y se levantará contra el Príncipe de los príncipes, mas sin mano será quebrantado” (Dn. 8:23-25).
RECONOCIENDO A NUESTRO ENEMIGO
Habiendo repasado la historia de los primeros siglos de la Iglesia, encontramos acontecimientos y datos que dan razón, sin lugar a contradicción, que la profecía concerniente a la venida de la apostasía es ya un hecho de muchos siglos, la venida “del hombre de pecado, el hijo de perdición” (2 Tes. 2:3), de que nos habla Pablo, hace muchos siglos que se cumplió. Es absurdo estar esperando en este tiempo la aparición de “un hombre bestia”, un anticristo imaginario. Lo importante hoy es conocer al real, verdadero y presente anticristo que es nada menos que Satanás, “el dios de este siglo” (2 Cor. 4:4), pues solamente reconociendo a nuestro enemigo podremos defendernos y pelear efectivamente contra él, y ser librados de “la marca de la bestia”. No con la marca ilusoria en un futuro imaginario, sino con la marca de muerte con la que el diablo ya tiene marcados a miles de millones. El Espíritu Santo habla enfáticamente sobre esto cuando declara por Juan, diciendo: “En esto son manifiestos los hijos de Dios, y los hijos del diablo: cualquiera que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Jn. 3:10).
En Diótrefes descubrimos y podemos ver con toda claridad la simiente maligna del anticristo en la Iglesia primitiva, este ministro es el molde exacto que podemos usar para medir a todos los vasos (anticristos) que ha usado el anticristo (Satanás) durante los siglos que han pasado y hasta el día de hoy
Bíblicamente y lógicamente no es posible que “el hombre de pecado, el hijo de perdición”, sea un solo hombre, en todo caso, conforme a las Escrituras, tal hombre debería ser Judas porque dice: “..a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición; para que la Escritura se cumpliese” (Jn. 17:12), inclusive, al ser Judas, el tal personaje, tendría también en todo caso, que resucitar, y esto es absurdo. Por otra parte, es imperativo aceptar el hecho de que el anticristo engaña al mundo entero, cubriendo todos los tiempos y todos los lugares; en cambio, el anticristo del futurismo se reduce a un segmento mínimo de la humanidad (excluyendo inclusive, a los cristianos), y a un terreno relativamente reducido. Pues los propagandistas del futurismo enseñan que el anticristo aparece durante una semana inventada de siete años literales, después de “un rapto misterioso” también inventado, y “opera en forma exclusiva en la ciudad de Jerusalén”.

“El hombre de pecado, el hijo de perdición” no es un solo hombre, sino una dinastía: “muchos anticristos” (1 Jn. 2:18), usados por “el espíritu del anticristo” (Cap. 4:3), Satanás, el “dios de este siglo”, “el príncipe de la potestad del aire” (Ef. 2:2, Jn. 12:31. 14:30. 16:11). Fijemos nuestra atención en el hecho de que Juan se refiere primero a los “muchos anticristos” (plural) y luego al “espíritu del anticristo” (singular), Juan da razón que ya desde su tiempo habían “comenzado a ser muchos anticristos” y se queja, precisamente en su tercera carta, de un pastor llamado Diótrefes quien “amaba tener el primado”, en cambio, cuando se refiere al “espíritu del anticristo”, declara enfáticamente: “que ahora (desde el tiempo de Juan) ya está en el mundo”. La declaración no puede ser más clara. Pero el mismo anticristo ha “cegado los entendimientos de los incrédulos” para que, muy particularmente en el último tiempo, no crean a la verdad. En cambio, aceptan y creen en fantasías y en Escrituras sagazmente torcidas, como lo son muchas de las interpretaciones proféticas del futurismo (2 Ped. 3:16).

Es muy importante que nos fijemos en la descripción, aunque breve pero de mucho significado, de la actuación del ministro llamado Diótrefes, en Diótrefes descubrimos y podemos ver con toda claridad la simiente maligna del anticristo en la Iglesia primitiva. Este ministro es el molde exacto que podemos usar para medir a todos los vasos (anticristos) que ha usado el anticristo (Satanás) durante los siglos que han pasado y hasta el día de hoy. Diótrefes “amaba tener el primado”, en exacta contradicción y desobediencia a lo ordenado por el Señor a Sus discípulos y, por consiguiente, a todos Sus verdaderos ministros: “Los príncipes de los gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad. Mas ENTRE VOSOTROS NO SERÁ ASÍ; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro siervo: Como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:25-28).

El diablo sabía muy bien que el día en que los ministros de Cristo se descuidaran y tomaran “el primado”, “ejerciendo potestad” sobre la Iglesia y los unos sobre los otros, él iba a ganar la batalla. El diablo sabía que el día en que la Iglesia dejara de ser un cuerpo, un organismo vivo, para convertirse en una estructura de organización política, formando una pirámide de autoridad humana, él iba a “vencer a los santos”. Satanás sabía que cuando él lograra que el ministerio cayera en el desvío y se estructurara a la manera y semejanza de los poderes seculares, la presencia del Espíritu Santo se iba a apartar de la Iglesia y caería en la apostasía.
Ciertamente que durante el curso de los siglos fueron muchas las ocasiones en que Israel apostató, pero Dios guardó siempre, de acuerdo con Sus santos propósitos, un remanente fiel. En los días del profeta Elías, Dios declara Su propósito diciendo: “Y Yo haré que queden en Israel siete mil; todas rodillas que no se encorvaron a Baal, y bocas todas que no lo besaron”
En el principio, cuando los apóstoles aun vivían, “los Diótrefes” todavía eran pocos; en cambio, los ministros fieles eran la mayoría, Satanás sabía que él no tenía todavía la fuerza suficiente para poder trastornar el cuerpo de Cristo, pero murió el apóstol Juan, el último sobreviviente de aquel grupo de hombres llamados por el Señor para ser piedras especiales, edificadas sobre la Piedra Angular (Ef. 2:20). Entonces, habiendo sido “quitado de en medio el que impedía” (2 Tes. 2:7), o sea, el ministerio físico de los apóstoles, los “Diótrefes” empezaron a tomar más fuerza e influencia, lo único que frenó la operación del desvío durante los primeros tres siglos fue “lo que impedía” (2 Tes. 2:6), o sea, las persecuciones, el martirio y la muerte. Al dejar de existir, por tanto, los ministros que el mismo Señor estableció como columnas especiales en el edificio espiritual que es Su Iglesia, el campo se presentó propicio para que empezara a “obrar el misterio de iniquidad” (2 Tes. 2:7).

Cabe aquí enfatizar, muy particularmente, el hecho de que Dios confirió a sus apóstoles derechos y prerrogativas muy únicas. Al Señor le plació escoger y usar a los apóstoles para que sus acciones y escritos fueran recibidos como la misma voz de Dios por todas las generaciones que habríamos de venir. Hasta el día de hoy, los escritos de los apóstoles están reconocidos por el cristianismo como los únicos escritos de inspiración divina (Canon Sagrado), ese conjunto de Cartas apostólicas, juntamente con los cuatro Evangelios y el Libro de los Hechos de los Apóstoles que forman el Nuevo Testamento, están cerrados y sellados con el Libro de Las Revelaciones, o Apocalipsis; es en Apocalipsis donde el Espíritu Santo advierte, bajo sentencia de maldición, que nadie está autorizado para quitar o añadir al Canon Sagrado (Ap. 22:18-19). Por lo tanto, cualquier personaje o grupo de personas que haya querido, antes o ahora, apropiarse o reclamar para sí las facultades únicas conferidas a los apóstoles originales es, o son, instrumentos del anticristo. Quien quiera que reclamare un derecho de igualdad con los apóstoles originales en cuestión de autoridad doctrinal ha sido, o es, un anticristo, un falso profeta, y miente.

Ese es exactamente el espíritu satánico que estuvo en Diótrefes, quien desde aquellos principios ya “amaba tener el primado” , este “misterio de iniquidad”, juntamente con los “espíritus de error y doctrinas de demonios”, continuó tomando fuerza durante el segundo y tercer siglo de la era cristiana. El cristianismo había crecido y se había extendido por todas las naciones que integraban el vasto imperio romano. Repetimos que en aquellos primeros siglos fueron, precisamente, las terribles persecuciones instigadas por la Roma pagana (“lo que impedía”) las que sirvieron de freno para que el cristianismo no cayera oficial y definitivamente en la apostasía anticipada (2 Tes. 2:3).

En forma condensada hemos citado historia que abarca siglos, hemos omitido, ciertamente, muchos detalles que son literalmente imposibles de narrar, mas en lo narrado, nuestro propósito principal es hallar el cumplimiento y la aplicación de las profecías a la vida real, tanto en la historia antigua como en la contemporánea; las profecías invariablemente tienen que ver con la vida real; de no ser así, entonces las interpretaciones proféticas serían solamente sueños y fantasías. Eso es, por cierto, precisamente lo que ha producido el enemigo con las teorías proféticas del futurismo que aquí reprobamos. El diablo, “sabiendo que tiene poco tiempo” (Ap. 12:12), y que estamos viviendo en el tiempo cuando la apostasía ha llegado a la cúspide de su operación, “ha descendido a vosotros, teniendo grande ira”. En su operación poderosa de engaño, ha afectado a un gran número de cristianos de nuestros días. Mas también en estos últimos días es cuando la mano Todopoderosa del Señor está obrando para que muchos de Sus hijos oigan y obedezcan Su grito de alarma que dice: “salid de ella, pueblo mío, porque no seáis participantes de sus pecados, y que no recibáis de sus plagas” (Ap. 18:4).

Para hacer este trabajo de liberación Dios está usando hoy al remanente fiel (como siempre lo ha hecho); pues la Iglesia verdadera del Señor, al igual que el remanente, nunca ha dejado de existir sobre la Tierra, el trabajo y la operación de la Iglesia fiel es con autoridad y poder del Espíritu Santo para derrotar, a su debido tiempo, a todos los poderes del “príncipe de este mundo”. Ciertamente que la Iglesia del Señor ha sido llamada para ser probada al máximo en el curso de los siglos, pero a la vez está llamada para atacar y destruir al final “las puertas del infierno” (Mt. 16:18). Dios nunca se ha dejado a Sí mismo sin testimonio: al principio, el remanente fiel no terminó con la muerte de Abel, mas continuó con Set; siguió con la sucesión de patriarcas antediluvianos hasta llegar a Noé; de Noé pasó hasta Abraham, Isaac y Jacob, de cuya simiente se formaron las tribus de Israel. Ciertamente que durante el curso de los siglos fueron muchas las ocasiones en que Israel apostató, pero Dios guardó siempre, de acuerdo con Sus santos propósitos, un remanente fiel. En los días del profeta Elías, Dios declara Su propósito diciendo: “Y Yo haré que queden en Israel siete mil; todas rodillas que no se encorvaron a Baal, y bocas todas que no lo besaron” (1 Rey. 19:18). Esta preciosa verdad se aplica también a la Iglesia.

El remanente fiel entre el cristianismo siempre ha permanecido, aun cuando la mayoría se hubiere desviado. Esas “reliquias”, como también llama Dios a Sus hijos obedientes, continuaron fieles después de la muerte de los apóstoles y durante los siglos de las persecuciones por manos de la Roma pagana, después de la declaración y establecimiento “oficial” de la apostasía, el remanente santo siguió fiel siendo perseguido ahora por el cristianismo falso. Continuó así en pie, sostenido misteriosa y milagrosamente por la mano del Señor, cruzando el largo milenio reconocido como la Edad Oscura o el Oscurantismo, hasta llegar a la Reforma. A raíz de la Reforma, el remanente fiel floreció hasta llegar al día de hoy cuando permanece en pie aun en medio de la confusión presente. Estas “reliquias”, este “remanente fiel”, están esparcidos por toda la faz de la Tierra. Ellos son los integrantes de la Iglesia fiel, la cual es, a su vez, esa “virgen pura” que Cristo el Señor ha guardado para honra y gloria Suya, la cual pronto vendrá a recoger (Ef. 5:27).

Este conjunto místico, al cual Pablo llama: “el cuerpo de Cristo”, no consiste en cierta o cual denominación religiosa, la Iglesia verdadera del Señor es el conjunto universal de todos y cada uno de los santos, que en todos los tiempos y en todos los lugares han servido y sirven al Señor Jesús “en espíritu y en verdad”. Dios mismo es quien conoce a cada una de las reliquias que forman el remanente fiel. El Espíritu Santo confirma esta verdad cuando, sirviendo como instrumento Pablo, nos dice que: “conoce el Señor a los que son Suyos” (2 Tim. 2:19).

Dios te bendiga.
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