Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Julio 2014 página 5.
Revista Maranatha Edición de Julio 2014 página 5.
“Más aún nos gloriamos en las tribulaciones” (Rom. 5:3)
En esta ocasión en que llegando el tiempo de escribir algún artículo de fondo para nuestra revista, he orado al Señor, y al poner mis manos sobre la máquina de escribir, le he pedido a mi Cristo que me inspire como Él sabe hacerlo con Sus hijos, para escribir algo que pueda serle de beneficio a algún hijo de Dios, que necesitado de ayuda espiritual, la pueda hallar en estas líneas. Así sea, Amén.
La expresión apostólica que encabeza este artículo es muy importante y profunda, pues nos habla de algo íntimo en la vida de los hijos de Dios, algo que va aún más allá del gozo ordinario que experimentamos al disfrutar de la salvación y del perdón de nuestros pecados. Ese “algo” es el dolor, la aflicción, la tribulación; algo a lo que, por instinto propio, el hombre natural siempre trata de rehuir o de evadir, pero que considerado a la luz de la Palabra Santa de Dios, podríamos llamarlo: “La verdadera bendición del cristiano”. Nosotros no podremos nunca explicar por qué a Dios le ha placido señalar el sacrificio como precio de las más grandes bendiciones. Lo único que podemos decir con reconocimiento, es que esta es la gran verdad que abarca a la humanidad entera, pero de una manera más particular al pueblo de Dios, quien a la vez, constantemente debe recordar que el costo de la salvación que disfruta fue pagado con el precio del sacrificio más cruento que pueda registrar la historia humana, hecho por el Ser más Santo y Perfecto que ha habido, del cual está escrito que fue “hecho más sublime que los cielos” (Heb. 7:26).
La expresión apostólica que encabeza este artículo es muy importante y profunda, pues nos habla de algo íntimo en la vida de los hijos de Dios, algo que va aún más allá del gozo ordinario que experimentamos al disfrutar de la salvación y del perdón de nuestros pecados. Ese “algo” es el dolor, la aflicción, la tribulación; algo a lo que, por instinto propio, el hombre natural siempre trata de rehuir o de evadir, pero que considerado a la luz de la Palabra Santa de Dios, podríamos llamarlo: “La verdadera bendición del cristiano”. Nosotros no podremos nunca explicar por qué a Dios le ha placido señalar el sacrificio como precio de las más grandes bendiciones. Lo único que podemos decir con reconocimiento, es que esta es la gran verdad que abarca a la humanidad entera, pero de una manera más particular al pueblo de Dios, quien a la vez, constantemente debe recordar que el costo de la salvación que disfruta fue pagado con el precio del sacrificio más cruento que pueda registrar la historia humana, hecho por el Ser más Santo y Perfecto que ha habido, del cual está escrito que fue “hecho más sublime que los cielos” (Heb. 7:26).
Desde el principio de la historia encontramos esta figura, empezando cuando el justo Abel ofreció sacrificio a Dios, quien a su vez, fue muerto a causa de su piedad (Heb. 11:4).
Lo que Dios estableció desde entonces, no ha cambiado, antes habiéndose cumplido perfectamente en Cristo nuestro Salvador, ahora está ratificado: es necesario que el cristiano sea acrisolado con la prueba para ser purificado, como es purificado el oro con el fuego para quitarle la escoria (1 Ped. 4:12).
Lo que Dios estableció desde entonces, no ha cambiado, antes habiéndose cumplido perfectamente en Cristo nuestro Salvador, ahora está ratificado: es necesario que el cristiano sea acrisolado con la prueba para ser purificado, como es purificado el oro con el fuego para quitarle la escoria (1 Ped. 4:12).
El Hijo (Imagen visible del Dios invisible, Fil. 2:6-7, Col. 1:15) mismo en Su humanidad, sintió el impulso de evadir la copa de hiel que tenía que beber, y así lo pidió al Padre (Espíritu invisible, Eterno, Jn. 1:18. 4:24) en Su oración en el huerto; pero a la vez, manifestó Su obediencia para que se hiciera no la voluntad de Él, sino “la voluntad del que lo había enviado” (Lc. 22:42).
Por mi parte, le doy gracias a mi Dios porque en estos días que acaban de pasar, quiso hacerme participante una vez más de la verdadera bendición del cristiano, poniendo a mi esposa al borde de la muerte; muchos de mis hermanos que se dieron cuenta de ello, oraron a la faz del Señor, lo cual agradecemos mucho. Ahora, habiendo pasado ya la prueba, podemos contar una vez más con los tesoros espirituales que sólo se obtienen por medio de “la bendición”. Qué hermoso es contemplar los rayos del sol caer sobre la tierra mojada cuando el viento de la tempestad se ha ido, y las nubes habiendo desaparecido han dejado tras sí un cielo azul y despejado. ¡Aleluya!. Está dicho ya “que ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; mas después da fruto apacible de justicia, a los que en él son ejercitados” (Heb. 12:11). El Hijo (Imagen visible del Dios invisible, Fil. 2:6-7, Col. 1:15) Él mismo en Su humanidad, sintió el impulso de evadir la copa de hiel que tenía que beber, y así lo pidió al Padre (Espíritu invisible, Eterno, Jn. 1:18. 4:24) en Su oración en el huerto; pero a la vez, manifestó Su obediencia para que se hiciera no la voluntad de Él, sino “la voluntad del que lo había enviado” (Lc. 22:42). El Escrito Sagrado nos declara que “aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y consumado, vino a ser causa de eterna salud a todos los que le obedecen” (Heb. 5:8-9).
En artículos anteriores he tratado de estimular a todos mis hermanos a que sirvamos mejor al Señor. Yo pienso que nunca es por demás hacerlo, pues no creo que haya uno solo que pueda decir que ya no necesita el consejo, pues todos, tanto ministros como fieles, diariamente estamos peligrando, y reconocemos que solamente la mano del Señor y Su Palabra pueden sostenernos. Hay que ser humildes y a la vez sinceros delante de Él, y no tratar de cubrir nuestras flaquezas diciendo que todo está bien, aparentando una perfección que no poseemos; hay que confesar que tenemos necesidad de Dios, hay que decirlo para que Él nos ayude.
Siguiendo pues con el tema que nos ocupa, aceptemos que una de las mejores formas que Dios usa para apartar a Sus hijos de la soberbia y del peligro, y para allegarnos más a Él, es atribulándonos en una o en otra forma; por medio de esa bendición, le amamos más a Él, y nos amamos más los uno a los otros.
En mi trabajo de sobreveedor de la Iglesia del Señor, al visitar a mis hermanos en diferentes lugares, lo más común que encuentro son tribulaciones y pruebas de diferentes especies: enfermedades en las familias de los ministros, necesidades en las familias de los santos; tribulaciones de diferentes y variadas formas. Ahora, de acuerdo con lo escrito, diré: ¡Qué bueno! Sí, que bueno que Dios, así como el padre castiga al hijo al que ama, nos castigue para purificarnos, para que permanezcamos despiertos, para que nos examinemos a nosotros mismos, y así, siendo juzgados por el castigo del Señor, no seamos condenados con el mundo (1 Cor. 11:30-32).
En artículos anteriores he tratado de estimular a todos mis hermanos a que sirvamos mejor al Señor. Yo pienso que nunca es por demás hacerlo, pues no creo que haya uno solo que pueda decir que ya no necesita el consejo, pues todos, tanto ministros como fieles, diariamente estamos peligrando, y reconocemos que solamente la mano del Señor y Su Palabra pueden sostenernos. Hay que ser humildes y a la vez sinceros delante de Él, y no tratar de cubrir nuestras flaquezas diciendo que todo está bien, aparentando una perfección que no poseemos; hay que confesar que tenemos necesidad de Dios, hay que decirlo para que Él nos ayude.
Siguiendo pues con el tema que nos ocupa, aceptemos que una de las mejores formas que Dios usa para apartar a Sus hijos de la soberbia y del peligro, y para allegarnos más a Él, es atribulándonos en una o en otra forma; por medio de esa bendición, le amamos más a Él, y nos amamos más los uno a los otros.
En mi trabajo de sobreveedor de la Iglesia del Señor, al visitar a mis hermanos en diferentes lugares, lo más común que encuentro son tribulaciones y pruebas de diferentes especies: enfermedades en las familias de los ministros, necesidades en las familias de los santos; tribulaciones de diferentes y variadas formas. Ahora, de acuerdo con lo escrito, diré: ¡Qué bueno! Sí, que bueno que Dios, así como el padre castiga al hijo al que ama, nos castigue para purificarnos, para que permanezcamos despiertos, para que nos examinemos a nosotros mismos, y así, siendo juzgados por el castigo del Señor, no seamos condenados con el mundo (1 Cor. 11:30-32).
En resumen de lo dicho puedo más bien exclamar: ¡Gracias te doy mi Señor, porque bendices a tu pueblo con “La verdadera bendición del cristiano”!, y si nuestra necedad lo amerita, envíanos más de tu bendición hasta que aprendamos a “gloriarnos en las tribulaciones, sabiendo que en la tribulación produce paciencia, y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado”
Solamente que aquí hay algo muy importante que muy seguido llama mi atención, y es que muchos de los hijos de Dios al ser atribulados, no precisamente “se glorían en las tribulaciones” (Rom. 5:3), sino que más bien se concretan en quejarse y lamentarse, y más aún, a buscar a qué o a quién echarle la culpa por lo que les está pasando. Hacen todo esto, pero lo que menos hacen es darse por entendidos de lo que el Señor quiere que aprendan. Pregunto: ¿Sacarán bendición de la tribulación en esa forma? ¡Imposible! Antes por lo contrario, entre más se resiste más se lastimará, y no cambiará su condición hasta que cambie su actitud. Podemos hacer lo mismo todas las veces que somos probados si queremos, pues Dios no altercara con nosotros; pero creo que es de más sabiduría tratar de entender la voz del Señor, y al comprenderla, también obedecerla, pues el fruto de esta “bendición” no está solo en entender, sino en obedecer a lo que Dios nos manda. Yo he pensado mucho, y probablemente también he dicho mucho ya en relación a los tiempos en que vivimos y a las cosas que rodean a los cristianos, y he considerado lo siguiente: Si siendo atribulados y probados constantemente por la mano del Señor, no nos allegamos a Él como nos manda y batallamos aun para que muchos hijos de Dios no anden conforme al mundo, ¿qué sería si todo fuera dicha, salud, comodidad y vida placentera? En resumen de lo dicho puedo más bien exclamar: ¡Gracias te doy mi Señor, porque bendices a tu pueblo con “¡La verdadera bendición del cristiano!”, y si nuestra necedad lo amerita, envíanos más de tu bendición hasta que aprendamos a “gloriarnos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado” (Rom. 5:3-5). El apóstol Pablo le dijo a una iglesia muy fiel: “Porque a vosotros es concedido por Cristo, no solo que creáis en Él, sino también que padezcáis por Él” (Fil. 1:29). ¡Qué privilegio! ¿Por qué? Porque en nuestra flaqueza, la potencia de Dios se perfecciona, dice el Señor (2 Cor. 12:9). Así que “si alguno padece como cristiano, no se avergüence; antes glorifique a Dios en esta parte. Porque es tiempo que el juicio comience de la casa de Dios” (1 Ped. 4:16-17). Pues no debe ser ella (Su Iglesia), precisamente, el lugar para los soberbios y para los peleoneros, ni para los mentirosos fraudulentos, ni tampoco el nido de matrimonios de reyertas y de hijos contumaces. Los hermanos y sus familias que están viciados en la televisión, tendrán que apartarse de ello; las señoras y doncellas amantes de las modas sucias y deshonestas del mundo, deberán de arrepentirse de su desvió, porque… ¡Cristo viene pronto! ¡Sí! Viene pronto a llevar a una esposa limpia, santa y pura, que ha “venido de grande tribulación, y ha lavado sus ropas y las ha blanqueado en la Sangre del Cordero” (Ap. 7:14) ¡Aleluya!
Por esta razón, sostendremos que “La verdadera bendición del cristiano”, es la tribulación, porque nos purifica; eso debe ser nuestro mayor tesoro. El estar sano, tener trabajo, comida, casa, carro y demás, no es pecado, y si lo tenemos, démosle gracias a Dios por ello. Aun el haber sido bautizados en el Nombre de Jesucristo el Señor y haber recibido de Su Espíritu Santo, es el privilegio más grande que se pueda alcanzar; pero recuerda muy amado, que aun este mismo privilegio costó precio de tribulación, y el Maestro a la vez nos dice a nosotros: “En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, Yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33). Pues “todos los que quieran vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Tim. 3:12). Ahora, “si sufrís el castigo, Dios se os presenta como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no castiga? Mas si estáis fuera del castigo, del cual todos han sido hechos participantes, luego sois bastardos, y no hijos” (Heb. 12:7-8).
Gracias a Dios por esta “bendición”. Si la tenemos, ¡gocémonos en ella y oigamos la voz de nuestro Padre! Y si no, pensad un poco en lo escrito (Fil. 1:29).
Mi Dios os bendiga.
Pastor Efraím Valverde, Sr.
Por esta razón, sostendremos que “La verdadera bendición del cristiano”, es la tribulación, porque nos purifica; eso debe ser nuestro mayor tesoro. El estar sano, tener trabajo, comida, casa, carro y demás, no es pecado, y si lo tenemos, démosle gracias a Dios por ello. Aun el haber sido bautizados en el Nombre de Jesucristo el Señor y haber recibido de Su Espíritu Santo, es el privilegio más grande que se pueda alcanzar; pero recuerda muy amado, que aun este mismo privilegio costó precio de tribulación, y el Maestro a la vez nos dice a nosotros: “En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, Yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33). Pues “todos los que quieran vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Tim. 3:12). Ahora, “si sufrís el castigo, Dios se os presenta como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no castiga? Mas si estáis fuera del castigo, del cual todos han sido hechos participantes, luego sois bastardos, y no hijos” (Heb. 12:7-8).
Gracias a Dios por esta “bendición”. Si la tenemos, ¡gocémonos en ella y oigamos la voz de nuestro Padre! Y si no, pensad un poco en lo escrito (Fil. 1:29).
Mi Dios os bendiga.
Pastor Efraím Valverde, Sr.
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