Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Julio 2012 página 8.
Revista Maranatha Edición de Julio 2012 página 8.
“Estas son las cosas que habéis de hacer: Hablad verdad cada cual con su prójimo; juzgad en vuestras puertas verdad y juicio de paz” (Zac. 8:16). “Por lo cual, dejada la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros” (Efe. 4:25).
“Maquinaciones Secretas”, es una de las definiciones que da el Diccionario Ilustrado So pena de la palabra “INTRIGA”. Las maquinaciones secretas han sido usadas siempre por el diablo como una de las armas más efectivas para arruinar las vidas entre la sociedad humana. Esta traicionera operación, por cierto, la ha usado el demonio de una forma más particular para causar destrozos entre el pueblo de Dios, pues la pérdida que puede causar la intriga entre los hijos de Dios no es solamente en el sentido humano, en lo moral y en lo material, sino también en el aspecto espiritual; en los valores divinos y eternos. La maléfica intriga le acarreará siempre juicio y aun condenación al intrigante, y en la mayoría de los casos les causará diferentes grados de perjuicio a las víctimas.
"Pues así como la sinceridad es fruto del Espíritu Santo, la intriga y la traición son en cambio de origen diabólico"
Los conocedores de la Biblia sabemos que las intrigas perpetradas en diferente tiempo y lugares entre el pueblo de Dios, han acarreado invariablemente en cada ocasión sus correspondientes resultados negativos. Desde el preciso momento en que la intriga implica “maquinaciones secretas” automáticamente queda esta en forma inevitable mancomunada con otra acción artera, socia y asesina como lo es la traición. La traición tiene invariablemente que ir precedida por la intriga, porque donde hay intriga hay traición. La intriga es la idea, las palabras, la planeación (maquinaciones secretas) a las espaldas de la víctima, las cuales ya puestas por obra se convierten en la traición en acción.
La intriga entre el pueblo de Dios ha sido en todas las edades y hasta hoy, uno de los malignos frutos de la sabiduría falsa y de apariencia a que se refiere Santiago Apóstol: “Pero si tenéis envidia amarga y contención en vuestros corazones, no os gloriéis, ni seáis mentirosos contra la verdad: Que esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay envidia y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa” (Sant. 3:14-16). A los que entre Su pueblo fueren llevados por este tipo de “sabiduría” es a quienes se dirige el Señor diciendo: “Generación de víboras ¿cómo podéis hablar bien, siendo malos? porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno del buen tesoro del corazón saca buenas cosas: y el hombre malo del mal tesoro saca malas cosas” (Mat. 12:34-35). Y “por sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:20).
La advertencia del Espíritu Santo en las Escrituras citadas (una advertencia repetida a lo largo de todo el Libro Santo), reprueba enfáticamente las actitudes entre el pueblo de Dios: ahora tanto en Israel, como en la Iglesia. De acuerdo con la Palabra del Señor la intriga es un pecado moral (1 Jn. 3:14-15), pues se trata de un delito tan grave que puede llevar al cristiano intrigante, a grado de que éste se corte a sí mismo delante de Dios el derecho de ser miembro del Cuerpo del Señor Jesucristo, como lo es Su Iglesia. “Porque somos miembros los unos de los otros” y como tales tenemos mandamiento estricto de parte del Señor de amarnos, de honrarnos y cuidarnos unos a otros (Jn. 13:34 y 1 Jn. 2:7-11).
El intrigante es cual un cáncer en el Cuerpo del Señor y por lo tanto no puede quedar allí en forma permanente, invariablemente tiene que llegar el día en que el mismo Señor lo cortará, por cuanto está causándole daño al resto de Su Cuerpo. La comunión genuina y real es imperativo que prevalezca en el Cuerpo del Señor, de no ser así, entonces el conjunto que fuere es un cuerpo extraño, no puede ser el del Señor puesto que el distintivo supremo no existe allí (Jn. 11:35). En tales ambientes nunca podrá el sincero hijo de Dios, “manso y humilde de corazón” (Mat. 11:29), caminar confiado y en una plena comunión con aquellos quienes llamándose cristianos fueren intrigantes. Pues así como la sinceridad es fruto del Espíritu Santo, la intriga y la traición son en cambio de origen diabólico.
El término “maquinaciones” (que usa el mismo diccionario cuando describe la intriga), implica un “proyecto o asechanza artificiosa y oculta”, con ello da a entender el carácter sórdido y malévolo del plan o acuerdo secreto que se tuviere, por cuanto se trata precisamente de una “asechanza”. La asechanza por su parte es, “espionaje, persecución cautelosa”, y esto es siempre e invariablemente con el fin de hacerle mal o daño a alguien. Porque pueden en cambio tenerse planes o acuerdos que fueren también secretos más con un propósito positivo; o sea con el fin de hacerle bien o traerle beneficio a alguien o a algunos, y esto no es intriga.
Puede, por ejemplo, el esposo o la familia entera, hacer planes o tener acuerdos secretos para honrar en un día específico a la esposa y madre de la familia. Puede también un miembro de la congregación, o un grupo entre la misma, hacer planes o tener acuerdos en secreto para manifestar en una cierta fecha el amor y el aprecio hacia su pastor, y así sucesivamente en todas las formas que se quisiere pensar. En cambio, los planes y convenios intrigantes en secreto son siempre para hacer exactamente lo contrario. Porque así como invariablemente lo primero tiene que ser movido por el amor, por la humildad y la sinceridad, lo segundo lo es por el odio y el rencor, la soberbia y la envidia, y por la hipocresía.
Donde existe el verdadero amor es imposible que existan a la misma vez la intriga y la traición. Si hay algún lugar bajo este cielo donde el humano pueda vivir sin ningún temor (y esto aplica más particularmente al cristiano fiel), es en un ambiente donde prevalece el verdadero amor entre aquellos que lo integraren. Pues hablando a los creyentes fieles del Señor, San Juan nos dice que “en el amor no hay temor; más el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Jn. 4:18). San Pedro por su parte también nos amonesta al respecto diciendo: “Dejando pues toda malicia, y todo engaño, y fingimientos, y envidias y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual, sin engaño, para que por ella crezcáis en salud” (1 Ped. 2:1-2).
Entre quienes así vivieren existe en realidad esa paz de que el Señor Jesús nos habla (Jn. 14:27), y el verdadero descanso para el alma que Él menciona (Mat. 11:29). Este es, por cierto, el ambiente que invariablemente debe de prevalecer entre los verdaderos hijos de Dios. Un ambiente donde ninguno habla mentira, antes cada uno habla verdad con su hermano; donde todos sienten “lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa”. Un ambiente donde nada se hace “por contienda ni por vanagloria; antes bien en humildad, estimándose inferiores los unos a los otros”; donde no mira “cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también a lo de los otros” por cuanto en ese ambiente prevalece “este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:2-5).
Entre los integrantes de un conjunto cristiano donde reina el verdadero amor de Cristo el Señor, no pueden caber las intrigas y la falsedad puesto que ese es precisamente el ambiente propio del verdadero pueblo de Dios. En cambio cuando alguien en lo particular o en el conjunto general reclamare ser de Dios y no se reflejaren allí las virtudes divinas descritas, este ambiente de cierto no es el de un cristianismo genuino; sin lugar a dudas ese ambiente no puede ser de Dios. Desde el preciso momento en que prevalece allí la envidia y la intriga, la traición, la apariencia y la hipocresía, ese tipo de cristianismo es falso.
No importa que hablase en “lenguas humanas y angélicas”, y “hubiere profecía”, y “se entendiesen todos los misterios y toda la ciencia”; y “si tuviesen toda la fe, de tal manera que traspasasen los montes”… y si “repartiesen toda la hacienda para dar de comer a los pobres”… “más si no hubiera allí caridad (amor sincero, no fingido), de nada sirve todo lo demás” (1 Cor. 13:1-3). Mientras en esos medios prevalecieron la intriga, la traición y la mentira, la falta de un compañerismo verdadero donde cada uno “hable verdad con su hermano”, todo aquello bueno que se hiciere de nada vale por cuanto el ambiente es “terreno”, es “apariencia de piedad” (2 Tim. 3:5).
La intriga entre el pueblo de Dios ha sido en todas las edades y hasta hoy, uno de los malignos frutos de la sabiduría falsa y de apariencia a que se refiere Santiago Apóstol: “Pero si tenéis envidia amarga y contención en vuestros corazones, no os gloriéis, ni seáis mentirosos contra la verdad: Que esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay envidia y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa” (Sant. 3:14-16). A los que entre Su pueblo fueren llevados por este tipo de “sabiduría” es a quienes se dirige el Señor diciendo: “Generación de víboras ¿cómo podéis hablar bien, siendo malos? porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno del buen tesoro del corazón saca buenas cosas: y el hombre malo del mal tesoro saca malas cosas” (Mat. 12:34-35). Y “por sus frutos los conoceréis” (Mat. 7:20).
La advertencia del Espíritu Santo en las Escrituras citadas (una advertencia repetida a lo largo de todo el Libro Santo), reprueba enfáticamente las actitudes entre el pueblo de Dios: ahora tanto en Israel, como en la Iglesia. De acuerdo con la Palabra del Señor la intriga es un pecado moral (1 Jn. 3:14-15), pues se trata de un delito tan grave que puede llevar al cristiano intrigante, a grado de que éste se corte a sí mismo delante de Dios el derecho de ser miembro del Cuerpo del Señor Jesucristo, como lo es Su Iglesia. “Porque somos miembros los unos de los otros” y como tales tenemos mandamiento estricto de parte del Señor de amarnos, de honrarnos y cuidarnos unos a otros (Jn. 13:34 y 1 Jn. 2:7-11).
El intrigante es cual un cáncer en el Cuerpo del Señor y por lo tanto no puede quedar allí en forma permanente, invariablemente tiene que llegar el día en que el mismo Señor lo cortará, por cuanto está causándole daño al resto de Su Cuerpo. La comunión genuina y real es imperativo que prevalezca en el Cuerpo del Señor, de no ser así, entonces el conjunto que fuere es un cuerpo extraño, no puede ser el del Señor puesto que el distintivo supremo no existe allí (Jn. 11:35). En tales ambientes nunca podrá el sincero hijo de Dios, “manso y humilde de corazón” (Mat. 11:29), caminar confiado y en una plena comunión con aquellos quienes llamándose cristianos fueren intrigantes. Pues así como la sinceridad es fruto del Espíritu Santo, la intriga y la traición son en cambio de origen diabólico.
El término “maquinaciones” (que usa el mismo diccionario cuando describe la intriga), implica un “proyecto o asechanza artificiosa y oculta”, con ello da a entender el carácter sórdido y malévolo del plan o acuerdo secreto que se tuviere, por cuanto se trata precisamente de una “asechanza”. La asechanza por su parte es, “espionaje, persecución cautelosa”, y esto es siempre e invariablemente con el fin de hacerle mal o daño a alguien. Porque pueden en cambio tenerse planes o acuerdos que fueren también secretos más con un propósito positivo; o sea con el fin de hacerle bien o traerle beneficio a alguien o a algunos, y esto no es intriga.
Puede, por ejemplo, el esposo o la familia entera, hacer planes o tener acuerdos secretos para honrar en un día específico a la esposa y madre de la familia. Puede también un miembro de la congregación, o un grupo entre la misma, hacer planes o tener acuerdos en secreto para manifestar en una cierta fecha el amor y el aprecio hacia su pastor, y así sucesivamente en todas las formas que se quisiere pensar. En cambio, los planes y convenios intrigantes en secreto son siempre para hacer exactamente lo contrario. Porque así como invariablemente lo primero tiene que ser movido por el amor, por la humildad y la sinceridad, lo segundo lo es por el odio y el rencor, la soberbia y la envidia, y por la hipocresía.
Donde existe el verdadero amor es imposible que existan a la misma vez la intriga y la traición. Si hay algún lugar bajo este cielo donde el humano pueda vivir sin ningún temor (y esto aplica más particularmente al cristiano fiel), es en un ambiente donde prevalece el verdadero amor entre aquellos que lo integraren. Pues hablando a los creyentes fieles del Señor, San Juan nos dice que “en el amor no hay temor; más el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Jn. 4:18). San Pedro por su parte también nos amonesta al respecto diciendo: “Dejando pues toda malicia, y todo engaño, y fingimientos, y envidias y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual, sin engaño, para que por ella crezcáis en salud” (1 Ped. 2:1-2).
Entre quienes así vivieren existe en realidad esa paz de que el Señor Jesús nos habla (Jn. 14:27), y el verdadero descanso para el alma que Él menciona (Mat. 11:29). Este es, por cierto, el ambiente que invariablemente debe de prevalecer entre los verdaderos hijos de Dios. Un ambiente donde ninguno habla mentira, antes cada uno habla verdad con su hermano; donde todos sienten “lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa”. Un ambiente donde nada se hace “por contienda ni por vanagloria; antes bien en humildad, estimándose inferiores los unos a los otros”; donde no mira “cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también a lo de los otros” por cuanto en ese ambiente prevalece “este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:2-5).
Entre los integrantes de un conjunto cristiano donde reina el verdadero amor de Cristo el Señor, no pueden caber las intrigas y la falsedad puesto que ese es precisamente el ambiente propio del verdadero pueblo de Dios. En cambio cuando alguien en lo particular o en el conjunto general reclamare ser de Dios y no se reflejaren allí las virtudes divinas descritas, este ambiente de cierto no es el de un cristianismo genuino; sin lugar a dudas ese ambiente no puede ser de Dios. Desde el preciso momento en que prevalece allí la envidia y la intriga, la traición, la apariencia y la hipocresía, ese tipo de cristianismo es falso.
No importa que hablase en “lenguas humanas y angélicas”, y “hubiere profecía”, y “se entendiesen todos los misterios y toda la ciencia”; y “si tuviesen toda la fe, de tal manera que traspasasen los montes”… y si “repartiesen toda la hacienda para dar de comer a los pobres”… “más si no hubiera allí caridad (amor sincero, no fingido), de nada sirve todo lo demás” (1 Cor. 13:1-3). Mientras en esos medios prevalecieron la intriga, la traición y la mentira, la falta de un compañerismo verdadero donde cada uno “hable verdad con su hermano”, todo aquello bueno que se hiciere de nada vale por cuanto el ambiente es “terreno”, es “apariencia de piedad” (2 Tim. 3:5).
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