Revista Maranatha Edición de Julio 2006 página 5.
“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido el mundo.” (Juan 16:33)
Mis letras en esta ocasión van, mis amados hermanos, no con el fin de convencer a los que pensaren diferente, sino para confirmar a mis hermanos y hermanas que entienden la Palabra de Dios en la misma forma en que la he podido entender también yo. A mis amados compañeros en el sagrado ministerio de Cristo que también han entendido que hemos sido llamados “para perder aquí”, y “poder así ganar allá”, el día en que “aparezca el Príncipe de los pastores” para darnos la recompensa.
Lo que estoy diciendo no me lo imagino pues son incontable las veces en que por mi parte he tenido que ayudarles a hermanos y a hermanas que han sido confundidos con esta clase de enseñanzas falsas. Pues desde el preciso momento en que contradicen lo que fue dicho por el mismo Señor, son enseñanzas falsas. Él dijo: “en el mundo tendréis aflicción” (Juan 16:33) “y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi Nombre” (Mateo 24:9). Las bienaventuranzas aplican en su mayor parte a los que sufren los que lloran, los pobre, etc...En el curso de su ministerio terrenal ocupó la mayor parte de su tiempo consolando a los afligidos, levantando a los caídos, testimoniando a los pobres etc… Sus Palabras de dura reprensión fueron siempre para aquellos que se consideraban completos en los diferentes sentidos de la satisfacción humana. Al leer con el debido detenimiento el libro de Los Hechos de los apóstoles, encontramos que desde el principio hasta el fin es una historia continua de sufrimientos, dolor, persecución, martirio y muerte, que vivieron aquellos nuestros hermanos quienes entonces fueron llamados “perdedores”. Las cartas de los apóstoles están llenas de consejos y exhortaciones para los santos, instruyéndoles que “nadie se conmueva por estas tribulaciones; porque vosotros sabéis que nosotros somos puestos para esto” (1 Tes. 3:3).
Santiago nos dice: “Hermanos míos, tomad por ejemplo de aflicción y de paciencia, a los profetas que hablaron en Nombre del Señor. E aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor” (Santiago 5:10 y 11). Pedro nos dice: “Antes bien gozaos en que sois participantes de las aflicciones de Cristo. Para que también en la revelación de su gloria os gocéis en triunfo” (1 Pedro 4:13). Sería literalmente imposible el citar todas las Escrituras que hablan de este tema, tanto a Israel como a la Iglesia entre nosotros los gentiles. Creo que hay un texto que lo resume todo, y el cual aplica precisamente a las dos parte citadas Israel y la Iglesia: “Pero por causa de Tí nos matan cada día; Somos contados como ovejas para el matadero” (Salmo 44:22 y Rom.8:36).
La pregunta que muchas veces he oído es esta: ¿es malo tener bienes materiales y comodidades en esta vida? La respuesta, naturalmente es que no es malo. Pero el mal que ello ha encerrado siempre y hasta este día, es este hecho innegable: Cuando el pueblo de Dios ha tenido aquellas cosas que traen complacencia en el sentido humano, eso invariablemente lo ha alejado de Dios. Las excepciones siempre han sido muy pocas.
Entonces, así como el enemigo ha usado la complacencia material como un arma poderosa para alejar a los hijos de Dios de su Señor, también a Dios le ha placido usar el dolor y la aflicción para probar así la fe de sus hijos y para acercarnos más hacia Él. “Y acordarte has de todo el camino por donde te ha traído el Señor tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos” (Deut. 8:2). Si a Israel, quien fue llamado para recibir bendiciones materiales, Dios lo probó en tal forma, ¿Qué podremos decir de la iglesia cuyas promesas y bendiciones son netamente espirituales?
Seguro que Dios puede dar bendiciones físicas y materiales cuando Él quiere, en donde Él quiere, y a quienes Él quiere. Pero esa, en lo que toca a los cristianos, es la excepción, y no la regla. La regla es el llamamiento del que aquí nos ocupamos, “Como perdedores”. Es natural el hecho de que como humanos nos guste más la abundancia que la pobreza, la dicha que la tribulación, la salud que la enfermedad, y ganar más bien que perder. Humanamente a nadie le gusta ser humillado, y menos cuando hubiere oportunidad de más bien ser ensalzado. Pero la verdad del llamamiento aquí considerado, mis amados hermanos, no es una invención de ninguno de nosotros. A nosotros más bien no nos gusta ni nos conviene, hablando en el sentido humano. Pero es una orden divina establecida por el mismo Dios de los cielos. Y, ¿Qué decimos de sus hijos? ¿Aceptamos su voluntad a la fuerza y a “regañadientes”, o la aceptamos con gusto y obediencia?
El apóstol amado, Pablo, en una de sus expresiones al respecto, contesta por muchos de nosotros cuando dice: “Mas aun nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la prueba esperanza: y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom. 5:3-5). Aquellos que por el amor y la gracia de Dios hemos recibido revelación para entender que aquí hemos sido llamados “como perdedores”, debemos darle muchas gracias al Señor por este privilegio. Pues no hay dicha más grande para el verdadero hijo de Dios, que el seguir los pasos y el ejemplo sublime del Aquel quien fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isa.53:3). Esa fue la inspiración que llevó a Esteban hasta el martirio. Eso fue lo que causo el gozo en Pedro y Juan cuando fueron azotados, y en Pablo y Silas cuando estaban en la cárcel.
“...concedido por Cristo, de no solamente que crean en El, sino que también padezcan por El” Fil. 1:29
¡Cuán pocos son los ministros y fieles que están dispuestos a aceptar con voluntad, y aun con gozo, la invitación del Maestro siendo llamados “como perdedores”! No es muy fácil estar dispuestos a sufrir cuando se puede vivir bien. No es muy fácil el aceptar perder cuando humanamente se puede ganar. No es muy fácil “aguantar las patadas”, teniendo la oportunidad “de poder patear también”. Se menciona mucho aquello que dijo el Señor, “Si alguno quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo y tome su cruz, y sígame” (Mat.16:24). Pero que son pocos aquellos quienes en verdad así viven, siendo “llamados como perdedores”. Por esos “pocos”, Dios es glorificado. Las vidas de esos hombres y mujeres, mayores y jóvenes , miembros y ministros, quienes en diferentes partes de mundo me consta que aman y sirven al Señor, estando dispuestos a perder aun todo aquí, para ganar todo allá, son perfume agradable ante el trono del Eterno.
Esos son mis hermanos que “no buscan su propio bien, sino el de los demás”, en quienes está “aquel sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil.2:1-5). Santos que no se lamentan por las cosas contrarias que les vienen, antes bendicen a Dios por todo recordando la Escritura que dice: “que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Rom.8:28). Cristianos que usan todo lo que Dios les ha dado para servir, y muchos de ellos lo hacen aun en su limitación y en medio de su profunda pobreza. Cristianos que están dispuestos a sufrir con gozo el desprecio, los insultos, y las maldiciones de los que los ultrajan. Allí están entre ellos, ministros sufridos que sirven sin ostentación, sin ventajas, y sin ningunos beneficios materiales. Estos vasos que han sido “llamados como perdedores”, son joyas especiales en los ojos de mi Dios. Ya dijimos, y es cierto, que no son muchos los que hay, pero ¡gracias por los que hay! Ellos son esa “sal de la tierra” que dijo Dios, y los cuales son un tesoro primeramente para Dios, mas también para sus hermanos a la vez.
Si tú, mi hermano, mi hermana, que esto lees, eres uno de esos “perdedores”, recuerda que para ti van estas letras. ¡Gózate! Nunca dejes que el diablo te quite la bendición y el privilegio de haber sido “LLAMADO COMO PERDEDOR”, por Aquel quien antes perdió hasta su vida, por amor de mí y de ti. “UN PERDEDOR”.
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