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Las Inmundicias De La Carne (Primera Parte)

3/19/2017

 
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Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Abril 2016
 página 10.
​EN EL PLAN DE DIOS ESTABA EL PECADO
Alguien pudiera acusarme, de que estoy equivocado al decir que en el plan de creación de Dios estaba incluido el que existiera el pecado entre el género humano. A lo largo de mis años, mucho he oído hablar del origen del pecado en el Huerto del Edén y culpar de ello a nuestros primeros padres, Adán y Eva, y ha sido común el decir que si ellos no hubieran cedido a la provocación de la serpiente, el pecado que nosotros (su simiente) heredamos, no existiría. Tal manera de pensar es realmente infantil y aún absurda, pues nadie puede negar el hecho de que nada puede hacerse sin el conocimiento de Dios, y tampoco nadie puede decir que hay algo que se le pueda escapar al Señor.

La innegable verdad es que el Creador, en Su infinita sabiduría, planeó de antemano todo lo acontecido en el Huerto, de igual manera como entendemos en Su Palabra que Él planeó todo lo que se cumplió antes y después del Huerto, y hasta el día de hoy, por cierto, que en lo que falta por cumplirse en lo futuro, en el plan de creación y de redención de Dios, sabemos que no hay cosa que Él no la tenga ya planeada de antemano Pues Él es el Eterno, para Él no existe el tiempo. Por eso está escrito, hablando de Su Divinidad, que: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb. 13:8), el reconocer esta irrefutable y tremenda realidad es nuestra bendición, y la clave para entender los misterios Divinos.

Cuando fueron creados Adán y Eva, el Señor los creó en estado de inocencia, y ciertamente, mientras vivieron en el Huerto, antes de “la caída”, esa era la condición humana de ambos, la prueba mayor de la inocencia que había en ellos, la vemos en el hecho de que, “estaban desnudos, y no se avergonzaban” (Gn. 2:25). Naturalmente que poseían madurez mental y sabiduría para tratar con la creación, mas no había ninguna malicia en ellos, por otra parte, vemos que habiéndoles dicho Dios: “Fructificad y multiplicad, y henchid la tierra” (Gn. 1:28), leemos en el mismo capítulo de Génesis que, mientras estaban en el Huerto en estado de inocencia, tal ordenanza y propósito de Dios no se cumplía.

El primer hijo que tuvieron (Caín), lo engendró Adán y lo concibió y dio a luz Eva, estando ya fuera del Huerto del Edén (Gn. 4:1), porque tal cosa era imposible, mientras tanto que no estaba en ellos la atracción sexual, podemos entonces fácilmente entender que mientras vivían en estado de inocencia, no existía en ellos “el pecado”. Empezando ciertamente con los impulsos sexuales, pero siguiendo con todos los demás sentimientos, pensamientos y pasiones que en las páginas del Libro de Dios se nos describe como “pecado”, era pues indispensable que hubiera pecado, para la continuación del plan Divino.
​RECONOCIENDO LA SOBERANÍA DE DIOS
Una de las enseñanzas muy populares en la actualidad, es que todos los males los hace el diablo, y que Dios nada tiene que ver con ello, porque “Dios es puro amor”, esta manera de pensar glorifica a Satanás, por cuanto inconscientemente crea en las mentes la impresión de que el diablo tiene poder para hacer de sí mismo lo que quiera, esto es una vil mentira, una mentira que a la serpiente antigua le agrada (ya lo digo antes), empezando con la impresión que se da al enseñar que, el malo pudo engañar a Eva “de su propia cuenta e iniciativa”. La terrible verdad (aunque es dura y difícil de tragar para algunos), es la que Dios mismo nos declara cuando dice: “Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y desde donde se pone, que no hay más que Yo; Yo el Señor, y ninguno más que Yo: Que formo la luz y crío las tinieblas, que hago la paz y crío el mal. Yo el Señor que hago todo esto” (Is. 45:6-7).

Para reconfirmación de lo dicho, están también las siguientes declaraciones: “¿Quién será aquel que diga, que vino algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no saldrá malo y bueno?” (Lam. 3:37-38). Y, “¿Tocaráse la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual el Señor no haya hecho?” (Ams. 3:6). Ciertamente que “Dios es amor” (1 Jn. 4:8), pero también está dicho que, “nuestro Dios es fuego consumidor” (Heb. 12:29).

Cuando Satanás quiso hacerle al patriarca Job los daños que se nos describen en su libro, vemos que primero tuvo que contar con el permiso de Dios (Job 1:8-12. 2:3-5), el Señor, en el Nuevo Testamento, implica que Él mismo le dio permiso a Satanás cuando dijo: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandaros como a trigo” (Lc. 22:31), y ante la amenaza de Pilato de que tenía potestad para crucificarlo o para soltarlo, la respuesta del Maestro fue: “Ninguna potestad tendrías contra Mí, si no te fuese dado de arriba” (Jn. 19:11).

Hago énfasis en lo terrible que fuera, si nuestro enemigo tuviere de sí mismo la potestad y autoridad para destruirnos, David dice: “A no haber estado el Señor por nosotros, cuando se levantaron contra nosotros los hombres (y naturalmente, implicando la presencia de Satanás mismo en los enemigos de los hijos de Dios), vivos nos habrían entonces tragado” (Sal. 124:2-3). Yo sé que es difícil para muchos creyentes, el aceptar las verdades crudas y pesadas que estoy aquí declarando, mayormente para los que han sido instruidos ya por una vida en las enseñanzas infantiles y de párvulos de que, “Dios es puro amor”, pero a unos y a otros, no nos queda otra alternativa más que “comernos” estas verdades, no podemos rechazarlas, porque son verdades Divinas.
​NO PODEMOS SALIRNOS DE LA CARNE
En cierta ocasión se acercó a mí un jovencito muy sincero y buen cristiano, y me dijo: “Pastor, por favor ore por mí para que me dejen estos impulsos pecaminosos que siento”. Yo le contesté lo mismo que le he contestado a cada uno de los muchos hijos de Dios, quienes en diferentes tiempos y lugares me han pedido lo mismo: “Me estás pidiendo una cosa imposible, porque en tal caso, sería necesario sacarte a ti mismo de tu cuerpo”.

Ya mencioné antes que siempre ha habido cristianos que tratan de ignorar la realidad, inclusive, “siervos de Dios” que hacen lo que el avestruz, quien al esconder la cabeza en la arena, cree que ya escondió así todo su cuerpo. Por mi parte, a lo largo de mi caminar, he tratado con muchos de ellos en diferentes tiempos y lugares, y los he visto hacer una de estas dos cosas: Unos, tratando a todo costo de ignorar o esconder la innegable condición pecaminosa de su propia carne, disimulando, no tocando el tema, y fingiendo una santidad y una perfección humana, que de acuerdo con la Palabra de Dios no puede existir (1 Jn. 1:8), haciéndolo así para tratar de fomentar con ello una personalidad honorífica, y un respeto superior a lo común y lo regular ante los ojos de los que les rodean, o ante los que presiden. Lo que éstos hacen realmente es cultivar una “apariencia de piedad”, reprobada por la Palabra de Dios (2 Tim. 3:5).

Los otros, son aquellos quienes no sólo actúan exactamente de acuerdo con lo explicado en el párrafo anterior, mas con la diferencia de que estos últimos tratan sobre el tema del pecado, mas hablan de ello para enseñar que ellos, “ya caminan sobre las aguas”, sosteniendo que ya el pecado no existe en sus vidas.

Tan absurdo e increíble como esto pueda parecer en el concepto de los que piensan con normalidad, la realidad es que estos extremistas siempre los ha habido, y lo más increíble aun, es que siempre hay quienes les creen y los siguen, todos los que así han hecho durante el transcurso de los siglos y hasta hoy, invariablemente se han acarreado perjuicio y aún maldición a sí mismos, e inclusive siendo enseñadores, también han dañado a sus seguidores quienes, por su parte, piensan que es bíblicamente correcto el imitar tal ejemplo.

Esto lo he visto en diferentes tiempos y lugares, entre diferentes razas y culturas, y existe entre diferentes grupos y organizaciones religiosas autodenominadas cristianas, pero de una manera más directa, he observado esto en nuestro ambiente, entre los cristianos quienes creemos que el bautismo en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo que predicaron y administraron los apóstoles, “NOS SALVA”, que es al que precisamente se refiere también el apóstol Pedro (1 Ped. 3:20-21).
​EL BAUTISMO NO QUITA LAS INMUNDICIAS
Estamos conscientes de que existe entre el cristianismo una grande mayoría de creyentes, grupos y denominaciones que bautizan usando la fórmula del mandamiento en Mateo 28:19, o sea “en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, todos ellos sostienen que el bautismo “NO salva”, y que es solamente una demostración exterior de su profesión de fe, desde el momento en que no reconocen que “el NOMBRE del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, es JESUCRISTO el Señor (Fil. 2:9-11), no aceptan que el bautismo en el Nombre es el cumplimiento del mandamiento para salvación y, “para perdón de los pecados” (Hch. 2:38).

A raíz de esta importante divergencia doctrinal, ha sido y sigue siendo natural que los creyentes en el bautismo en el Nombre, defendamos la realidad bíblica, sosteniendo que “el bautismo que ahora corresponde NOS SALVA” (1 Ped. 3:21), más precisamente aquí encontramos entre nuestro pueblo, la anomalía y el problema que en este estudio nos ocupa. Se enfatiza a tal grado en la salvación que produce el acto bautismal en sí, que se ignora la importancia de la parte espiritual y se pasa por alto la declaración que el apóstol Pedro hace dentro del paréntesis del Texto.

Tal disimulo, me consta que las más de las ocasiones ha sido originado por un celo dogmático y extremista, pero otras veces, sencillamente por la ignorancia del enseñador o predicador quien, por ser un analfabeto, ignora los signos gramaticales básicos como lo son los puntos, comas, signos de admiración e interrogación, y los paréntesis, como en el caso del Texto aludido.

Recuerdo hace muchos años que uno de éstos analfabetas, quien por cierto no sabía aceptar la instrucción ni mucho menos la corrección, decía desde el púlpito: “El bautismo que ahora corresponde nos salva. Pero no quitando las inmundicias de la carne, ¡así no salva!, pero como demanda de una buena consciencia delante de Dios, ¡así sí salva!”. Cuando después del culto traté de explicarle el valor de los paréntesis, me contestó con arrogancia: “Para mí eso no cuenta”, la verdad es que el paréntesis sí cuenta, y lo que el apóstol Pedro llama “las inmundicias de la carne”, gústenos o no, siguen viviendo en la carne del creyente, aún después de haber sido bautizado en el bautismo que “NOS SALVA” (1 Ped. 3:21), y no precisamente porque éste así lo desee, antes por lo contrario. Pues repito, me consta por el incontable número de fieles y de ministros quienes durante mis años en el servicio del Señor (mayormente en estos años últimos de mi madurez), han venido a mí pidiéndome con lágrimas y desesperación que ore por ellos para poder controlar los impulsos pecaminosos de su carne, empezando ciertamente con el sexo, pero también por los demás.
​“...YA ADULTERÓ CON ELLA EN SU CORAZÓN”
La expresión citada es muy familiar para cada conocedor de la Palabra del Señor (Mt. 5:28), sobre ello han sido innumerables las ocasiones en que unos y otros me han preguntado. La declaración del Señor aquí es tan fuerte, que una y otra vez ha obligado siempre a los cristianos sinceros a comentar sobre ello, tratando de aliviar su conciencia al mirarse en este “espejo del alma”, repito, porque me consta, que esta tentación no opera solamente en los cristianos varones, más en su forma correspondiente, también en las mujeres de Dios. Durante un buen número de los años de mi caminar en el Señor, probablemente influenciado por las enseñanzas de “los santificados”, viví bajo la impresión errónea de que existían cristianos (y especialmente entre las mujeres), que vivían libres de los impulsos sexuales, y al mirar en aquellos años de mi fortaleza física, lo mucho que yo mismo batallaba con las pasiones de mi condición humana, en mi ignorancia envidiaba a los cristianos que creían que vivían libres de ellas.

Pero al pasar del tiempo, fui despertado a la realidad, que por cierto me sacudió profundamente, y tuve que dejar de soñar, al reconocer algo tan realmente sencillo como lo es la declaración bíblica: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23). Y… “Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros” (1 Jn. 1:8). Y aquí cabe explicar que lo que el Señor dice en Mateo 5:28, no es para enjuiciarnos, más para que nadie trate de justificarse diciendo que no tiene pecado.

El apóstol Santiago nos dice que, “Elías era hombre sujeto a semejantes pasiones que nosotros…” (Stg. 5:17), haciendo claro que, aún ninguno de los héroes bíblicos, ahora tanto en Israel como también en la Iglesia, estaban exentos de la herencia que es fruto del pecado “del Huerto”, y si todos estos personajes distinguidos por Dios mismo, están contados entre “los pecadores”, es bíblicamente imposible y aún absurdo, el creer que alguno de nosotros estuviere exento de pecado.

Por tanto, vuelvo a repetir la desagradable, pero a la vez irrefutable realidad, de que el Creador mismo, por razones para nosotros muchas veces difíciles de entender, en Sus “incomprensibles juicios” (Rom. 11:33), planeó que existiera el pecado en la carne, y de esta condición no solamente son participantes los humanos que no conocen al Señor, mas también nosotros, los mismos hijos de Dios (Heb. 2:14).

Por eso digo ya que el ignorar el paréntesis aludido en la Escritura citada (1 Ped. 3:21), fuere ya como resultado del dogmatismo o de la ignorancia, de ambas maneras perjudica al cristiano. Pues lo hace creer que, al ser bautizado en el Nombre para salvación, ya es libre o inmune a la inmundicia del pecado que continúa residiendo en su carne.
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