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La SANTIDAD

12/18/2016

 
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Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Julio 2016
 página 5.
“Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb. 12:14)
El Texto citado es uno de los escritos que son específicos en la Palabra de Dios. Digo “específicos”, porque se trata de declaraciones determinantes en cuya interpretación no cabe en ninguna manera la ambigüedad. Aquí la orden del Espíritu Santo, instrumentalizada por el apóstol, es enfática y terminante. El que no hiciere conforme a lo dictado, “no verá al Señor” (Heb. 12:14). Entendiendo lo ya explicado, nos conviene entonces considerar con el debido detenimiento, lo que se nos dice a todos los que queremos ver al Señor, para tener parte en Su gloria; en nuestro Texto, se señalan dos condiciones indispensables: paz y santidad. En otra ocasión trataremos sobre la “paz” de que aquí se trata. En esta ocasión nuestro tema es “La Santidad”.

Así como Dios es luz, y el origen de “toda buena dádiva y todo don perfecto” (Stg. 1:17) también es Santo (Lv. 11:44-45), Él es por lo tanto, “el Santo de Israel” (Is. 1:4) y, “el Rey de los santos” (Ap. 15:3), Él es quien ha dado y sigue dando la orden a Su pueblo, diciendo: “Sed santos, porque Yo soy Santo” (1 Ped. 1:16). Este tema, entonces, no es solamente algo sobre lo que podemos tratar si nos gusta, o no tratarlo si no nos gusta. El tema de “La Santidad” es de vida o de muerte.
La doctrina de la santidad es cardinal entre el pueblo del Señor, y su prominencia en las páginas del Libro de Dios (la Santa Biblia) es capital. El Texto sagrado base de este escrito lo dice todo, la santidad es uno de los requisitos indispensables para que el cristiano pueda ver el rostro del Señor en gloria, por lo tanto, mucho se ha hablado y escrito sobre la santidad entre el pueblo del Altísimo en el transcurso de todas las edades. Hasta el presente día, es imperativo que se predique y enseñe la doctrina de la santidad, la santidad ha sido, y será siempre aquí, parte integrante de las enseñanzas básicas, ahora tanto en Israel como entre el cristianismo.

La santidad ha sido, inclusive, enseñada y practicada durante las edades y hasta el día de hoy, entre las diferentes religiones paganas, por lo tanto, es de suma importancia el que nosotros, los que profesamos conocer y servir “en espíritu y en verdad” al Señor Jesús (Jn. 4:24), entendamos a fondo y en realidad qué es la santidad, de acuerdo con la Palabra de Dios. Pues el significado del término “santidad”, se interpreta y se aplica de acuerdo a la idea o mentalidad del que lo enseña o predica, la variedad es tal, que hoy sería imposible el enumerar las diferentes interpretaciones y aplicaciones que se le da a la palabra “santidad”. Pero dejando entonces a un lado lo que tanto el “paganismo puro”, como el “paganismo cristiano” enseñare, pasemos pues a considerar lo que, para nosotros, y entre nosotros, significa la santidad.

Por principio de cuentas, es importante tener presente el hecho de que, entre nuestro medio ambiente, es una de las cosas más comunes el que se hable y se predique una santidad de apariencia, a eso precisamente se refiere el apóstol Pablo cuando habla de aquellos que, “tienen apariencia de piedad, más han negado la eficacia de ella” (2 Tim. 3:5). Por cierto, que hoy en día, la doctrina de la santidad es uno de los temas favoritos de muchos y diferentes predicadores del evangelio. Pues el tema de la santidad, como lo es el amor, la paz, la humildad y todas las demás virtudes y dones del Espíritu, tiene la propiedad de identificar con Dios a aquel que la practica o enseña. No es ningún secreto, entonces, que hay muchos que predican una santidad que ellos mismos están muy lejos de practicar. Por otra parte, también es común la enseñanza de una santidad exterior, identificada con los “sepulcros blanqueados” de que habló el Señor Jesús (Mt. 23:27). El tema de la santidad puede, por tanto, ser usado tanto para bien como para mal, según el espíritu con que se interpretare o se aplicare, consideremos ahora algo que es de suma importancia en el tema que nos ocupa, y esto es, el origen genuino de la doctrina de la santidad entre el pueblo del Eterno. Dios mismo señaló, precisamente entre Su pueblo original, Israel, la forma de vida que debían observar. El Señor no quiso dejar la interpretación de esta virtud fundamental a merced de la variable mentalidad humana entre Su pueblo, y esto, principalmente porque Dios sabía qué tan influenciadas estaban aquellas mentes con las ideas erróneas de lo que es la santidad entre los pueblos paganos. Pues entre el paganismo, la santidad ha estado siempre ligada con el pecado abominable de la idolatría, como también con otros muchos actos que son abominables ante Dios, por lo tanto, las instrucciones Divinas dadas a Israel con respecto a la vida de limpieza y santidad, ocupan un lugar primordial en los Libros de Moisés (la Torá), y continúan en el curso de todo el Antiguo Testamento.

No ocuparemos más espacio para hablar sobre la santidad entre el pueblo Judío, para los conocedores de la Palabra de Dios, lo antes dicho es suficiente, no se necesita mayor explicación para entender algo tan básico y sencillo, además, el propósito principal en esta ocasión, es el considerar el significado de la doctrina de la santidad entre nosotros, los cristianos entre los gentiles, y esto, de una manera más particular y directa, entre el pueblo de Dios que ha conocido he invocado el Nombre del Señor Jesús para remisión de pecados en el bautismo (Hch. 2:38); inclusive, para el pueblo de Dios que profesa y testifica el haber recibido del Señor el don del Espíritu Santo con la evidencia de hablar en nuevas lenguas. En todo caso, la idea abstracta que es importantísimo enfatizar y hacer claro en nuestras mentes, es el hecho innegable de que la santidad entre nosotros es también una orden imperativa de origen Divino porque, “sin paz y sin santidad, nadie verá al Señor” (Heb. 12:14).

Pasemos pues a considerar la vida de santidad reflejada en los integrantes de la Iglesia en sus principios, de acuerdo como lo describen los escritos sagrados del Nuevo Testamento, en primer lugar, tenemos el Ejemplo Supremo, que es la vida que, como un hombre, vivió nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Entendemos por las Sagradas Escrituras, que uno de los propósitos principales de Dios al “manifestarse en carne” (1 Tim. 3:16), fue el de marcarnos el molde perfecto y supremo de santidad que el Eterno desea que Sus hijos vivamos aquí. Pues podemos inferir sin temor a equivocarnos, que la santidad es una de las virtudes o frutos del Espíritu Santo que estaban en la mente del Señor Jesús cuando dijo: “…y aprended de Mí” (Mt. 11:29), es por lo tanto, en el tiempo de la gracia, en el tiempo de la Iglesia, cuando más responsabilidad tenemos los hijos del Altísimo para vivir en santidad, pues nuestro mismo Dios, “manifestado en carne” (1 Tim. 3:16), nos ha fijado el ejemplo y nos ha señalado el camino.

Enseguida, nuestra atención se fija en la vida de santidad que vivieron los discípulos y apóstoles del Señor. Ellos, como parte integrante del pueblo original, Israel, estaban bien versados de las interpretaciones judaicas relacionadas con la santidad. Ellos mismos fueron instruidos por el Señor, en lo que toca a la vida de santidad, usando como base lo que ya estaba establecido desde la antigüedad en Israel. El mismo Señor confirma esto, al declarar que Él, “no vino para abrogar la ley, sino para cumplirla” (Mt. 5:17). La doctrina de la santidad entre el pueblo santo, adquirió por lo tanto en el evangelio, una dimensión superior para ser así aplicada a los integrantes de la Iglesia del Señor, ahora, la santidad ha sido elevada a un estado superior, por cuanto ya no es solamente en lo físico o natural, conforme a la Ley, sino en el alma, en el espíritu, en los sentimientos de los verdaderos servidores del Eterno Dios. La santidad que es conforme a la gracia: “EXTERIOR E INTERIOR”.

Llamo aquí la atención al hecho muy particular de que el Señor, durante todos los días de Su ministerio terrenal, se preocupó por inculcar en Sus discípulos y demás seguidores, la idea de esa santidad que hemos llamado “superior”, que es la del espíritu, a tal grado fue enfático el Maestro sobre la prominencia de la santidad en el espíritu, que reprobó varias ocasiones la actitud de una santidad exterior de apariencia, de formas. El reproche del Señor fue para los practicantes y enseñadores de tal santidad entonces, ciertamente. Pero la reprensión Divina en este sentido ha estado en pie durante todas las edades, y hasta hoy, pues siempre ha habido, como lo hay también hasta estas fechas, quienes predican y viven la misma clase de santidad que vivieron hace ya cerca de 21 siglos, aquellos a quienes el Señor reprendió, diciendo: “¡Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas!” (Lc. 11:44).

El énfasis del Señor, hablando muy particularmente de la santidad en Su pueblo, ha sido siempre que cuando sus hijos vivan en santidad, la vivan con el corazón, con el sentir y en verdad, pues Dios conoce mejor que nadie esa tendencia natural muy humana, de hacer las cosas para que las mire el hombre, haciéndolas para quedar bien ante los ojos de los hombres y así convencer a los hombres, olvidando que “El Señor mira no lo que el hombre mira; pues que el hombre mira lo que está delante de sus ojos, más el Señor mira el corazón” (1 Sam. 16:7).

La prueba de lo ya explicado la tenemos en el sermón del monte (Mt. 5, 6 y 7), aquí el Señor sublimiza lo que es superior, o sea los valores espirituales operando en los sentimientos humanos, sublimiza la belleza de la santidad en el espíritu, señala la esencia de la santidad perfecta, que es Dios mismo, para que esta sea imitada por Sus verdaderos seguidores. Allí no cabe nada que fuere ficticio, nada que fuere de apariencia, allí está descrito lo que es real, lo que llena, lo que satisface en verdad tanto a Dios como al hombre que pone por obra las palabras del Maestro.

Cabe aquí mencionar un incidente bíblico curioso como el siguiente: Cuando el Señor Jesús fue aprendido en el Huerto, “Pedro, que tenía espada, sacóla, e hirió al siervo del pontífice, y le cortó la oreja derecha, este siervo se llamaba Malco” (Jn. 18:10). Fijémonos muy bien en un detalle aquí, y este es, que Pedro “no buscó espada” ni tampoco “pidió” prestada alguna espada, sino que él “tenía una espada”. Ahora yo me pregunto: ¿No había ya andado Pedro, para ese tiempo, por tres años y medio con el Señor? ¿Desde cuándo había andado con su espada fajada en el muslo, y el Señor no le había exhortado para que la dejara? La realidad es que, así como lo hace hoy cualquier buen relojero, Dios no arregla los “relojes humanos” empezando por las manecillas de estos, primero arregla lo de adentro, los sentimientos, y luego “las manecillas”. La santidad de Dios en Sus hijos, no opera de afuera para adentro, sino de adentro para afuera, lo contrario a este orden es hueco, es falso, es apariencia.

Los extremismos en la santidad entre el profesante cristianismo, están marcados por las advertencias de los apóstoles en varias porciones escriturales, tiempos y lugares. Por una parte, se refieren a aquellos que, llamándose cristianos y aun ministros de Cristo el Señor, vivan una vida inmoral y mundana, por otra parte, reprueban el extremismo de aquellos que usaban la apariencia de una santidad estricta, como un frente para adquirir “cierta reputación de sabiduría” (Col. 2:23). En esto va incluido también el celibato (no casarse) y el ascetismo (el encerrarse en un claustro). Hoy en día la situación que prevalece no es mucho mejor, de lo contrario las actuaciones de los extremos se ha refinado con el paso del tiempo, y el número de un extremista, de un lado y de otro, se han multiplicado como nunca.

Hoy, por una parte, vemos un número incontable de miembros y ministros que profesan cristianismo, pero cuyas vidas son similares en todos los aspectos a las vidas de las gentes que no conocen ni sirven al Señor. Predicadores y “cristianos” para quienes nada es malo ni es pecado, pues “todo está bien, solamente creyendo en el Señor”, según ellos. La mayoría de ellos ha “nacido otra vez” (Jn. 3:3), y muchos de ellos se sienten justificados en su vida mundana porque “han hablado ya nuevas lenguas” (?), la bajeza de este extremismo ha llegado al grado de “cristianizar” el pecado por el que fueron quemados Sodoma y Gomorra. Cada día, crece el número de los “cristianos” y “ministros” quienes, habiendo pecado, o viviendo una vida mundana, “no se han arrepentido de la inmundicia y fornicación y deshonestidad que han cometido” (2 Cor. 12:21), muchos de ellos, justifican su mundanalidad con el hecho de pertenecer a lo que cada quien llama “su iglesia”.

Por otra parte, en cambio, están los grupos de cristianos fanáticos y radicales, quienes usando un variado número de formas de “santificación”, se sienten glorificados al grado de que pierden la noción de lo que puede llamarse, una vida normal. Para estos ministros y grupos del extremismo en la santidad, todo lo que cuenta son aquellas maneras, actuaciones o apariencias exteriores que para ellos es en lo que consiste la santidad, son tantos los grupos, y tan diversas las doctrinas de “santidad”, que he podido observar durante todos los años de mi caminar en el Señor, que es materialmente imposible el poder describirlos a todos, mucho menos el hacerlo en unos cuantos renglones. Una cosa tienen en común todos los ministros y grupos del extremo derecho en lo que refiere a la santidad, y esto es, que cada uno cree que no hay nadie más santo que él (o ellos). El trabajo por excelencia de esta clase de “santos”, consiste en estar condenando y mandando al infierno a todos lo que no creen o no se sujetan a sus “moldes de santidad”.

Los he conocido enseñando que ya no hay que trabajar, que ya no hay que afeitarse ni bañarse, que hay que ponerse “esta” ropa o quitarse “esta otra”, que se debe de parar “así” y “así no”; unos, que siempre deben de andarse riendo, otros, que no deben de reírse, etc., etc. Es increíble lo ridículo de los extremos a que llegan los cristianos cuando son llevados por el espíritu del radicalismo fanático, para estos últimos, todo es pecado y todo es sucio, y eso hace vivir a muchos de ellos en un tormento interior horrible y desesperante de juicio y condenación. Para los otros, ya dijimos, todo está bien, aunque se estén quemando en vida. La realidad es que la santidad, como todos los demás dones y virtudes de Dios, debe de estar en el centro de la balanza de lo que es justo y razonable, según el Señor y Su Palabra, los extremismos siempre han traído perjuicios al Pueblo de Dios, tanto a Israel como a la Iglesia, las doctrinas torcidas sobre la santidad, han sido usadas siempre como un arma muy especial por el diablo.

La santidad que Dios más quiere en Sus hijos, ya lo enfatizo antes, es la limpieza y santidad del vaso por dentro. Mas sabemos que esto implica y requiere la limpieza y la santidad del vaso también por fuera. La verdad es que es posible que el vaso puede estar limpio por fuera, y a la vez sucio por dentro. Pero nunca sería posible que el vaso esté verdaderamente limpio por dentro, y a la vez sucio por fuera, pues la limpieza y la santidad interior, al ser esta una realidad en la vida del cristiano, invariablemente le va a guiar y a dirigir para que en todos los aspectos de su vida exterior aparezca también la santidad. Con lo dicho, establecemos una regla inmutable que podemos usar sin temor a equivocarnos, y así señalar que todo cristiano, fuere hombre o mujer, mayor o joven, miembro o ministro, quien en verdad vive una vida de santidad interior, va también a vivir esa santidad en su aspecto exterior.

La santidad verdadera y balanceada debe de afectar todos los aspectos de la vida de cada hijo de Dios en verdad, la santidad debe de gobernar sus pensamientos, sus conceptos y opiniones, como también sus juicios. La santidad debe de aparecer en sus palabras, en sus acciones y en sus tratos con todos los que le rodearen, y con todos los que se relacionare, todo esto, y aún más, son los frutos de lo que aquí hemos llamado “la santidad interior”. Mas ahora pasemos a ocuparnos en considerar algunos de los muchos aspectos de la “santidad exterior” de los hijos e hijas de Dios. Hagamos esto en forma de preguntas, para que cada quien considere en tal forma su propia parte, y así haga un justo juicio delante de Dios, de sus actuaciones y de su vida en general, y para ello, citemos antes la infalible Palabra de Dios.

En el aspecto exterior de las hijas de Dios, las bases bíblicas que podemos usar como la regla del Espíritu son las siguientes: “Asimismo también las mujeres, ataviándose en hábito honesto, con vergüenza y modestia; no con cabellos encrespados, u oro, o perlas, o vestidos costosos, sino de buenas obras, como conviene a mujeres que profesan piedad” (1 Tim. 2:9-10). “El adorno de las cuales (de las mujeres) no sea exterior con encrespamiento del cabello, y atavío de oro, ni en compostura de ropas; sino el hombre del corazón que está encubierto, en incorruptible ornato de espíritu agradable y pacífico, la cual es de grande estima delante de Dios” (1 Ped. 3:3-4). Las palabras claves en estas Escrituras son: “vergüenza y modestia”. Allí reside la balanza de que antes hemos hablado. Basados en lo dicho, ahora pregunto.

¿Por qué mi hermana se peina con esos peinados escandalosos al igual como los usan las mujeres del mundo que no temen ni sirven a Dios? ¿Qué no dice la Palabra de Dios que, “a la mujer criar el cabello le es honroso” (1 Cor. 11:15)?, si mi hermana es de las que saben y entienden que “toda mujer que ora o profetiza no cubierta su cabeza, afrenta su cabeza” (1 Cor. 11:5), ¿por qué no cubre su cabeza cuando ora o cuando adora a Dios, para agradar al Señor? Ahora, ¿cree en verdad mi hermanita (fuere joven o mayor) que es agradable ante el Señor el usar ese maquillaje que usan las mujeres mundanas? ¿No cree que podría mirarse mejor arreglando su rostro en la forma natural como Dios la formó? Pregúntese, mi hermana, ¿necesita en su cabeza, en sus brazos, en sus manos, todas esas alhajas, anillos, prendedores y arracadas? ¿Ignora acaso que todo ello es vanidad pura, y que no es eso lo que Dios quiere ver en Sus hijas que profesan amarle? (Léase Isaías 3:16-24). Recuerda, mi amada hermanita, que la palabra clave que hemos citado es, “modestia”. Radicalismo fanático no. MODESTIA.

¿Cómo miras tú, mi hermana, la clase de ropa indecente y desvergonzada que usan las mujeres que no temen a Dios? ¿Las envidias? ¿O eres tú de las que usan esos vestidos o pantalones propios para las mujeres públicas, con los que exhiben sin ninguna vergüenza sus cuerpos para provocar a los hombres? ¿Recuerdas la Escritura que dice: “No vestirá la mujer hábito de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es al Señor tu Dios cualquiera que esto hace” (Dt. 22:5)? Y también: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. ¿Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn. 2:15)? si tú en verdad amas al Señor y quieres en realidad ver Su rostro en gloria, tienes que recordad, mi hermana, que “sin la paz y la santidad, nadie verá al Señor” (Heb. 12:14). ¿Verdad que allá en el fondo de tu corazón tú entiendes que la santidad en tu vida tiene mucho que ver con la manera en que te vistes y te arreglas? Esa es la voz de tu Señor. ¡Escúchala! ¡Obedécela!

A ti, mi hermano varón, joven o mayor, también te incluyo en esta serie de preguntas. Dime, ¿qué acaso tu conciencia no te molesta cuando te vistes y te arreglas imitando las costumbres y las modas de los inconversos? ¿Es acaso para ti esa clase de peinados o cortes de pelo con que los hombres aparecen como mujeres? ¿Verdad que tú entiendes que esas ropas exageradas e indecentes que usan los populares ídolos de las multitudes mundanas, no son para ti? Dime, ¿no crees que es pura vanidad, y hasta molesto, el traer anillos en todos los dedos, juntamente con las otras alhajas más que hacen a los hombres que se miren hasta ridículos? ¿Verdad que el Espíritu del Señor te da testimonio, diciendo que todas esas modas y costumbres mundanas no son para ti? También a nosotros, los cristianos varones, aplican las palabras claves antes citadas, “vergüenza y modestia”. Ciertamente que es una satisfacción agradable el poder distinguirnos ante el mundo como hombres de Dios, con un aspecto exterior de modestia.

Me sería imposible el enumerar en unos cuantos renglones, todas las preguntas que, como las anteriores, pudiéramos hacer. Sin embargo, hay algunas declaraciones que conviene poner también en las mentes de los hijos de Dios, fueren ahora hombres o mujeres, mayores o jóvenes, miembros o ministros. Declaraciones sobre actuaciones muy comunes que parece hoy día, en la opinión de muchos, que no son de importancia, pero cuyo resultado ha sido siempre fatal, y sigue siéndolo para aquellos de quienes es requerida la santidad. No es correcto para los verdaderos servidores del Señor Jesús, el llenar su cabeza por su propio gusto con las canciones mundanas de pasiones y desvíos, con los ritmos que han tenido su origen en los sórdidos ambientes depravados y satánicos del “mundo artístico”. Está muy fuera de la voluntad del Santo, que Sus hijos ensucien sus mentes, pierdan miserablemente su tiempo y arruinen sus vidas espirituales adorando día a día delante del altar de Baal, como lo son los sucios y variados programas de televisión, bajo el pretexto común de “ver las noticias” y ciertos documentales instructivos. Miles y miles de creyentes en Cristo el Señor han caído y siguen cayendo en un vicio diabólico del que hoy no se pueden ya librar, muchos ya no se conforman con las programaciones regulares, sino que ahora se surten de películas y entretenimientos de toda clase de porquerías que ensucian las mentes y arruinan el alma. Además de eso, está también la surtida y abundante literatura sucia y pornográfica a la que están expuestos continuamente muchos de los hijos de Dios en la escuela, en los trabajos, en la calle. ¡CUIDADO!
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Los muchos y diversos ambientes mundanales corrompidos, no son para que participen o se envuelvan en ellos en ninguna forma los hijos del Altísimo, las pláticas soeces y de bromas carnales y sucias son cosas de las que el cristiano que quiere agradar al Señor debe huir. Las Escrituras nos amonestan que, como hijos de Dios, “conviene que vosotros seáis en santas y pías conversaciones” (2 Ped. 3:11), por tanto, los chismes entre los hermanos, las pláticas maliciosas, las intrigas, etc., son abominación ante el Rey de los santos. Una vez más, como lo he hecho ya muchas veces, invito a mi hermano, a mi hermana, a mi compañero en el ministerio, a que lea con todo detenimiento el Salmo 50, del verso 16 en adelante.

En el mensaje de la gracia, no encontramos un molde específico al cual pudiéramos referirnos, en lo que toca a la santidad en la Iglesia, como lo encontramos en la Ley con relación a Israel. En los principios de la Iglesia, se nos dice que, “se juntaron los apóstoles y los ancianos para conocer de este negocio” (Hch. 15:6), o sea para decidir si los cristianos entre los gentiles tenían que guardar la Ley, como la seguían guardando los cristianos entre los Judíos, la determinación fue la siguiente: “Que ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna otra carga más que estas cosas necesarias: Que os abstengáis de cosas sacrificadas a ídolos, y de sangre, y de ahogado, y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien” (Hch. 15:28-29).
El mismo Espíritu Santo que dirigió en la forma ya descrita a los apóstoles para que señalaran las breves condiciones citadas, es el mismo que ahora reside en la vida de cada miembro de la Iglesia, ahora, el propósito de Dios es ya no repetir lo que hizo con Israel al poner Sus leyes escritas en piedra y papel, pues en la gracia, Su propósito está declarado cuando dice: “Y este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Daré Mis leyes en sus corazones, y en sus almas las escribiré” (Heb. 10:16). Ahora, quienquiera que profesare el “haber nacido otra vez”, “haber recibido a Cristo en su corazón”, “el haber recibido el don del Espíritu Santo”, y no mostrare en su vida los efectos de la santidad Divina, tanto por dentro como por fuera, sencilla y llanamente, “no verá al Señor” (Heb. 12:14). Esta es la tremenda verdad que marca el Dios Eterno por Su Palabra, y nosotros no la podemos ignorar, ni mucho menos cambiar sin traernos juicio y aun condenación.
Para concluir, vuelvo a repetir lo ya antes mencionado, pero que es de importancia cardinal el no olvidarlo, que es indispensable e imperativo para los verdaderos hijos de Dios el vivir una vida limpia y santa, por fuera y por dentro. Si la santidad exterior es usada para jactancia, para vanagloriarse, para creerse mejor o superior, y para juzgar y condenar a otros que no hicieren lo mismo, esa santidad no solamente es vana, sino aun abominable delante de la presencia del Rey de los santos, la santidad Divina está a la vez forrada con el mismo amor y compasión que hubo también en el Señor durante Su ministerio terrenal.

Dios te bendiga
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