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La Iglesia y La Tribulación

8/30/2015

 
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Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Julio 2014 página 7.
El futurismo ha caído en el error de la interpretación aludida (como en otros más en la cadena de sus “inventos” proféticos) por una razón relativamente sencilla: ha usado con el mismo valor, consciente o inconscientemente, dos expresiones que tienen diferente significado y que en este caso son “la tribulación” y “la ira”
Torciendo las Escrituras
Entre los muchos eslabones que forman la cadena de interpretaciones torcidas de las teorías futuristas, está la hoy popular enseñanza de que la Iglesia está llamada por el Señor para no sufrir tribulación. El futurismo enseña que “la gran tribulación” empieza hasta después de que se hubiera efectuado el “rapto misterioso”; que esa “tribulación” se reduce solamente a los “siete años” de la semana (también inventada) del fin del tiempo, en la cual opera, inclusive, el carismático anticristo del futurismo. Deducen por tanto, en su lógica desviada, que la Iglesia no va a sufrir ninguna clase de tribulación, alegando que “el Señor nunca permitirá el que Su novia sufra”. Esta conclusión, que está basada en el mismo razonamiento que usó Roma para inventar el purgatorio, ha llevado a muchos cristianos a desconocer y aun a negar que “el Señor al que ama castiga” (léase por favor Heb. 12:5-11).
Los proponentes y defensores del futurismo, tratando de comprobar su teoría, han usado muy particularmente la Escritura que dice: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salud por nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5:9). Aquí la declaración de Pablo de que “no nos ha puesto Dios para ira” se usa torcidamente para enseñar que Dios promete librar a los cristianos de toda clase de tribulación. Cualquier lector sincero y sin conceptos prefijados, nunca va a poder encontrar tal promesa en esta Expresión, pues dice que es de la “ira” de la que los hijos de Dios sí estamos exentos. Y allí está, precisamente, la clave de la confusión, porque una cosa es “la ira de Dios” sobre los impíos al final, y otra cosa, completamente diferente, es la “tribulación” (Ap. 7:14) en las vidas de los hijos de Dios en diferentes tiempos y lugares.

El futurismo ha caído en el error de la interpretación aludida (como en otros más en la cadena de sus “inventos” proféticos) por una razón relativamente sencilla: ha usado con el mismo valor, consciente o inconscientemente, dos expresiones que tienen diferente significado y que en este caso son “la tribulación” y “la ira”. Haciendo tal cosa en el Texto citado, este cambia radicalmente de significado convirtiéndose en una promesa que Dios no está haciendo y que, por lo tanto, es falsa; pues “la ira” en la que el Señor “no nos ha puesto” es la ira de Dios en contra del mundo impío, la cual tendrá de ser manifestada en toda su terribilidad precisamente en el día de Su venida en gloria (no en un rapto misterioso), en Su segunda venida, “cuando viniere para ser glorificado en Sus santos” (léase 2 Tes. 1:6-10). Los hijos de Dios en cambio, hemos y estaremos sufriendo hasta el fin “la ira del diablo” (Ap. 12:12).

En el curso de la Escritura citada, el Espíritu Santo aplica el verbo “atribular” en dos diferentes terrenos, pues dice: “porque es justo para con Dios pagar con tribulación a los que os atribulan” (2 Tes. 1:6). La misma Palabra de Dios aquí declara y confirma lo que estamos tratando de explicar. La “tribulación” para los impíos que “atribulan” a los hijos de Dios es, precisamente, “la ira de Dios” a la que se refiere Pablo; de esta ira sí tenemos promesa los hijos de Dios de ser librados. Al no hacerse la diferencia ya explicada, se cae en la interpretación errónea aludida y se cree, entonces, en algo que la Biblia no dice. Esto es precisamente lo que ha hecho el futurismo con la Escritura citada, agregando a esta, otras igualmente torcidas. Sobre algunas de ellas tratamos también más adelante en este capítulo.
El Evangelio Moderno
El futurismo ha engañado a una multitud de creyentes incautos con la promesa ilusoria de que como cristianos estamos llamados para no sufrir en lo absoluto. Pero, inclusive, ha agregado a la falsedad inicial otra promesa también falsa y altamente ilusoria, por cierto, que enseña que el cristiano está llamado por Dios para estar en esta vida lleno de salud y rodeado de toda clase de bendiciones materiales. Son muchos los Textos Sagrados que, también torcidos, se usan para sostener esta enseñanza que ciertamente es muy atractiva porque apela muy directamente a los sentidos naturales y... ¿quién no desea tener aquí las cosas que nos hacen humanamente felices?

Pero esta promesa falsa se hace a expensas de ignorar todas las Escrituras, que son muchas, en las cuales nuestro Señor y Dios advierte que Su Pueblo (el Israel fiel y la Iglesia fiel) hemos sido llamados para glorificarle aquí en la aflicción y en el dolor, en el martirio y aun en la misma muerte (léase Sal. 44:22 y Rom. 8:36).

Son varios los Textos bíblicos usados por los proponentes de este “evangelio moderno” para enseñar que el cristiano debe recibir de Dios todo lo que deseare. Algunos de los Textos más populares son tales como Juan 14:12-14. 15:7. 15:16; 1 Juan 3:22; 3 Juan 2, en los cuales se nos exhorta a que pidamos en el Nombre del Señor Jesús, creyendo que habremos de recibir de Dios las peticiones de nuestro corazón. Estas Escrituras ofrecen ciertamente la promesa aludida, pero en todo caso las condiciones que en ellas vemos son las que tenemos que considerar primero, siendo la fundamental: “que si demandáremos alguna cosa conforme a Su voluntad, Él nos oye” (1 Jn. 5:14). Pero esta parte no se enfatiza, sino que se presenta solamente la mitad del mensaje, como lo hacen por lo regular todos los enseñadores de las doctrinas erróneas.

A tal grado se ha degenerado esta corriente errónea de interpretación bíblica, que se enseña que el cristiano que no recibe todos los bienes y cosas que pide de Dios es porque no tiene fe, o que, por derecho, no tiene al Señor en su vida. Una fiel cristiana que estaba enferma del corazón se quejó de su pastor, quien la sentenció diciéndole que si no tenía fe para sanar estaba condenada “porque el Señor (según ese ministro) no puede habitar en un corazón enfermo”. Un ministro de Norteamérica, estando de visita entre cristianos sumamente pobres en un país de Asia Mayor, al pedirle éstos la ayuda económica, los exhortó duramente diciéndoles que la condición miserable en que vivían era porque no creían todavía de verdad en el Señor, “porque el que cree (según él), no debe estar pobre”. Otro de ellos llegó al grado de decir, en un popular programa radial, que Pablo estuvo enfermo porque no tuvo suficiente fe para sanar.
Participantes de las aflicciones de Cristo
Las enseñanzas erróneas descritas, y otras más, son la reacción en cadena del error original de que la Iglesia no va a pasar por “la gran tribulación”. El término: “la gran tribulación”, que es el que se confunde con “la ira de Dios” (1 Tes. 5:9), lo toma el futurismo de la Escritura que habla, precisamente, de los que “han lavado sus ropas, y las han blanqueado en la Sangre del Cordero” (Ap. 7:14). Aquí se da razón de la “grande tribulación” por la que han cruzado los fieles seguidores del Señor durante el transcurso de los siglos, en cumplimiento a lo dicho por Él mismo: “y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de Mi Nombre” (Mt. 24:9) y “en el mundo tendréis aflicción” (Jn. 16:33). El futurismo, queriendo justificar su interpretación errónea, ha enseñado que esta “gran compañía” de santos “vestidos de ropas blancas, y palmas en sus manos” (Ap. 7:9), son los que fueron salvos por su propia sangre durante la semana de siete años de “la gran tribulación”. Tal declaración no es solamente absurda, mas es una aberración.

Estas interpretaciones anti bíblicas, han producido ya, para estas fechas, consecuencias fatales en masa. Desde principios del siglo XX, en China, los misioneros americanos y europeos habían enseñado a los creyentes que la Iglesia tiene promesa de no pasar por tribulación. En el año de 1949, habiendo los comunistas tomado control de ese país, multitud de cristianos fueron llevados a la muerte. Una de las formas usadas para acabar con ellos fue encerrar a un grupo en su mismo templo, sellar toda salida para que nadie pudiera escapar y encender fuego (convirtiendo a todos en cenizas). Muchos creyentes abandonaron entonces su fe, negando y aun maldiciendo al Señor, diciendo que Dios mintió al no cumplirles con lo prometido de librarlos de la tribulación (¿?).

Otra Escritura muy usada por el futurismo en su empeño de probar que la Iglesia no va a sufrir ninguna tribulación es: “porque has guardado la Palabra de Mi paciencia, Yo también te guardaré de la hora de la tentación que ha de venir en todo el mundo, para probar a los que moran en la tierra” (Ap. 3:10). Esta promesa es maravillosa, ciertamente, y no contradice en lo absoluto a las Escrituras y razonamientos que hemos señalado, antes por lo contrario, pues promete muy claramente que el Señor “guardará” a Sus hijos. Cuando las primeras nueve plagas cayeron sobre Egipto, Israel no fue sacado sino que fue “guardado” por Dios en medio de ellas, y salió precisamente, en medio del tiempo en que cayó el último y más terrible azote sobre Egipto: la muerte de los primogénitos.

Pablo nos declara que “las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas” (Rom. 15:4), y en el Relato bíblico mencionado encontramos una figura simbólica muy clara relacionada a la salida de la Iglesia del Señor de este mundo. Las plagas ya hace tiempo que han estado cayendo sobre “Egipto” (el mundo), pero aún falta lo último y más terrible, pues “cuando dirán, Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción de repente, como los dolores a la mujer preñada; y no escaparán” (1 Tes. 5:3). Es durante este tiempo, exactamente, en que se aplica la promesa del Texto aludido; es entonces cuando Dios “guarda” a Sus santos, antes de ser glorificados, para que seamos testigos de Su poder en medio de “la hora de la tentación que ha de venir en todo el mundo” (Ap. 3:10). El Salmo 46 describe perfectamente la exclamación de confianza de los santos del Altísimo en ese tiempo, así como el Salmo 47 nos da razón del establecimiento de Su reino y el lugar de Su Pueblo ya glorificados.

Por consiguiente, es cierto que, “no nos ha puesto Dios para ira” (1 Tes. 5:9), más sí ha propuesto “que es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22). Santiago nos dice: “hermanos míos, tomad por ejemplo de aflicción y de paciencia, a los profetas que hablaron en Nombre del Señor. He aquí, tenemos por bienaventurados a los que sufren. Habéis oído la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor” (Stg. 5:10-11). Pedro nos dice: “antes bien gozaos en que sois participantes de las aflicciones de Cristo; para que también en la revelación de Su gloria os gocéis en triunfo” (1 Ped. 4:13).

Es literalmente imposible citar todas las Escrituras que hablan de este tema. El mismo libro de Los Hechos de los Apóstoles es un relato continuo de testimonios de persecuciones, tribulaciones, martirio y muerte. Como los Tesalonicenses, que entendieron el mensaje y glorificaron a Dios en la tribulación (2 Tes. 1:4-5).

Pastor Efraim Valverde, Sr.
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