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La Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo

12/21/2014

 
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Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Julio 2013 página 11.
Estructura de la Iglesia del Señor
“A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, es dada esta gracia de anunciar entre los Gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas. Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la Iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme a la determinación eterna, que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ef. 3:8-11)
Ciertamente que la Iglesia del Señor Jesús que en su transitar por esta vida está integrada por humanos, no puede  ignorar ni negar los aspectos seculares de su existencia natural aquí en el mundo.
Cuando se trata de dar razón de los principios e historia de la Iglesia, es común el mirar a muchos cristianos sinceros, pero desconocedores de las realidades históricas y de la Palabra de Dios, que lo que hacen es relatar los orígenes tradicionales de su particular denominación cristiana. Unos se refieren a algunas de las organizaciones religiosas más antiguas y otros a alguna de las relativamente modernas. La verdad sencilla, pero a la vez profunda, es que la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo no ha consistido nunca ni hasta hoy en ninguna institución político-religiosa donde controla la autoridad del hombre. Por lo tanto, tenemos que aceptar el hecho innegable de que en ninguna de éstas reside la respuesta que en la primera parte de este tema nos ocupa.
La estructura de gobierno aludida, correcta ciertamente para todos los demás aspectos de la sociedad humana, está prohibida estrictamente por el Señor para Su Iglesia (léase Mateo 20:25-26); en cambio vemos que este sistema prohibido ha sido aceptado y tomado por hecho entre la grande mayoría del profesante cristianismo, y esto en forma más particular durante los últimos 16 siglos. La causa para que esta desobediencia a lo ordenado por el Señor tomara forma y se propagara en las proporciones universales que hoy prevalece, ha consistido desde sus principios y hasta hoy en que el ministerio confundido ha tratado continuamente de mezclar lo secular con lo divino, ha querido poner la vocación del Espíritu en el mismo nivel de las relaciones y obligaciones netamente humanas, y ha acarreado así con ello el consecuente perjuicio.
Estos requieren invariablemente, ahora tanto del individuo como del conjunto del cristianismo en el sentido universal, que la Iglesia cumpla con todos sus deberes y obligaciones con la sociedad humana, incluyendo su obediencia a las leyes de los países respectivos. Y todo esto además, considerando y respetando también las diferencias de culturas según las regiones geográficas, y de las razas entre las cuales estuviere establecida. Pero nada de esto, ni ninguna otra razón que se alegare, puede justificar la desobediencia a lo que ya he señalado que ha sido ordenado por nuestro Señor Jesucristo con respecto al gobierno interno de Su Iglesia.
El Espíritu Santo en forma insistente en las Sagradas Escrituras, señala al total de los integrantes de la Iglesia del Señor como “un cuerpo”. En una de las muchas referencias al respecto, nos dice: “Así muchos somos un cuerpo en Cristo, mas todos miembros los unos de los otros” (Rom. 12:5). En cambio, en ninguna parte del Nuevo Testamento encontramos a la Iglesia del Señor estructurada como una organización política semejante al molde natural de las instituciones seculares, pues todos y cada uno de los apóstoles, tanto en sus acciones como en los escritos correspondientes, tuvieron mucho cuidado en señalar y obedecer al pie de la letra la orden estricta dada por el Señor respecto a la forma exclusiva de gobierno Teocrático y espiritual en Su Iglesia.
Pablo, el apóstol de los Gentiles, después de haber establecido un número de congregaciones en Asia menor, reúne a los fieles y a los pastores para despedirse definitivamente de ellos. Vemos que al desprenderse de ellos no los estructura ni los encomienda bajo el cuidado de ciertas “autoridades eclesiásticas”, como hasta hoy con toda naturalidad se hace entre la gran mayoría del profesante cristianismo. En cambio, a los pastores solemnemente los amonesta, diciendo: “Por tanto mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo (no él, Pablo) os ha puesto por obispos, para apacentar la Iglesia del Señor (no ha cierta denominación), la cual ganó por Su sangre”. Y así, entre sus varias observaciones y recomendaciones les dice a todos: “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la Palabra de Su gracia: el cual (Dios) es poderoso para sobreedificar, y daros heredad con todos los santificados” (Hch. 20:17-32).
La sutil operación del “dios de este siglo” (2 Cor 4:4), trabajando precisamente en la desobediencia aludida, ha conducido inconscientemente a “muchos”, usando a los “falsos doctores” (2 Ped. 2:1) para que pongan sus ojos más bien en sus dueños humanos que en el Verdadero Dueño de “Mi Iglesia”, como lo ha dicho, y lo es el Señor (Mt 16:18). Los ha inducido aun para poner incondicionalmente sus vidas espirituales en las manos de ministros impostores, enseñadores de “doctrinas de demonios” (1 Tim 4:1) a los que ciegamente obedecen, inclusive, para “hacer lo malo” (3 Jn 1:11) en vez de obedecer a Dios. El librarse del desvío aludido, y permanecer viviendo en el orden que nos marca nuestro Dios, no es algo fácil ciertamente, más el Señor ordena que hagamos algo, que con Su ayuda no solamente es posible sino que aún es un gozo, y de esto tenemos la prueba los muchos que hoy estamos viviendo.
Insisto en el hecho de que a pesar de que la Iglesia está integrada por humanos -siendo ésta “el reino de Dios” (Lc. 17:21) aquí en la Tierra el llamamiento de cada uno de sus verdaderos integrantes es netamente espiritual, pues esta realidad ha sido establecida por el mismo Señor, según lo declarado en (Juan 3:3-5). Por lo tanto, cada cristiano verdadero tiene invariablemente que reconocer que aunque su vida secular está obligada con el mundo natural, su vida espiritual depende completa y directamente de Aquel a quien Pedro llama el “Pastor y Obispo de nuestras almas” (1 Ped. 2:25). De Aquel a quien Pablo señala por su parte como “sacerdote para siempre”, y “pontífice… ministro del santuario”, en Su Iglesia (Heb. 7:3; 8:1-2).
Para ayudar precisamente a aquellos cristianos sinceros pero confundidos, quienes buscan a su vez la instrucción deseando ser liberados de la confusión, paso a continuación a tratar ahora sobre lo más fundamental de este tema: los verdaderos orígenes de la Iglesia de nuestro Señor Jesucristo. Esta información, es de acuerdo, tanto con la Palabra de Dios como también con los datos de la historia, y estoy presentándola en términos generales y a grandes rasgos, pues nunca sería posible el tratar en forma total un tema tan profundo y extenso en un estudio breve como el presente.
La Palabra de Dios nos ordena estrictamente a los cristianos, tanto en lo individual como en el conjunto, el que obedezcamos las leyes civiles que nos rigen, siempre y cuando éstas no nos obligaren a desobedecer al Señor. La orden divina antes señalada de no mezclar lo espiritual con lo secular, está muy particularmente catalogada en esta advertencia, por lo tanto es imperativo que nunca la perdamos de vista, ya que la innegable realidad es que el hacer tal mezcla es lo que ha producido por siglos, y hasta hoy, la ruina espiritual de multitudes de cristianos, pues a éstos, la grande mayoría de los cuales siendo sinceros pero estando engañados, el espíritu de error los ha turbado siempre para que conviertan lo secular en algo divino. Y así la estructura político religiosa a que pertenecen, toma en sus manos y en sus corazones el lugar “de Dios como Dios, haciéndose parecer Dios” (2 Tes. 2:4).
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