Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Enero 2016 página 5.
Revista Maranatha Edición de Enero 2016 página 5.
“Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa simiente; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (Sal. 126:5-6)
Entre los muchos artículos doctrinales que he escrito durante el transcurso de mi ministerio, puedo decir con seguridad que este es uno de los que tienen un reflejo más particular de mi propia vida. Pues desde los principios de mi transitar en la senda de Cristo mi Señor, Dios me ha dado el que camine “andando y llorando” (Sal. 126:6). En los días de mi juventud, cuando aún no conocía a mi Señor, yo era de los que decía que los hombres no deben llorar (aunque ciertamente eso es solamente un frente). Mas un día mi Señor vino a mi vida, y todo cambió.
Hay muchos tipos de llanto con el que el humano llora, ahora tanto los hombres como también las mujeres. Se llora de dolor, de tristeza, de angustia y de desesperación. Se llora de gusto, y también se llora de rabia y de impotencia. ¡Cuántas razones hay para llorar! Mas aquí la Palabra de Dios nos habla de otro tipo de llanto, que es diferente a todos los demás. Nos dice de un tipo de llanto que el mundo no conoce. Se trata de aquel llanto al cual se refirió el Señor cuando dijo: “Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación” (Mt. 5:4).
Hay muchos tipos de llanto con el que el humano llora, ahora tanto los hombres como también las mujeres. Se llora de dolor, de tristeza, de angustia y de desesperación. Se llora de gusto, y también se llora de rabia y de impotencia. ¡Cuántas razones hay para llorar! Mas aquí la Palabra de Dios nos habla de otro tipo de llanto, que es diferente a todos los demás. Nos dice de un tipo de llanto que el mundo no conoce. Se trata de aquel llanto al cual se refirió el Señor cuando dijo: “Bienaventurados los que lloran: porque ellos recibirán consolación” (Mt. 5:4).
Este tipo de llanto, no lo puede entender sino solamente aquel quien en verdad ha conocido al Señor. Es un llanto con el que no pueden llorar aquellos que no saben lo que es en verdad el “caminar con Dios”. El llanto al cual aquí hago referencia es, “el llanto con que llora Dios”, y del cual ha hecho participantes a cada uno de aquellos en quienes hay, “el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil 2:5). Cuando digo al principio que llegó el tiempo en mi vida cuando todo cambió, me estoy refiriendo precisamente al día cuando saboreé por primera vez la dulzura de este llanto, que hasta este día permanece conmigo.
Recuerdo que siendo niño (de 7 a 11 años), lloré en muchas ocasiones. Unas veces lloré de dolor, en otras lloré de tristeza o de desesperación, y en ciertas ocasiones recuerdo que lloré de emoción. Siendo ya un joven, fueron pocas las veces que lloré, pero cuando el llanto me llegó a embargar, este fue producto de sentimientos negativos: amargura, rabia, odio, etc. Pero un feliz día, llegó a mi miserable vida Aquel Personaje del que Isaías profetizó, diciendo: “Varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3), y Él me hizo llorar con ese llanto que sacia el alma. Desde entonces, sé qué significa la Escritura inicial, “andando y llorando” (Sal. 126:6).
He caminado ya por una vida, a lo largo de la cual he observado dos clases de cristianos, dos clases de ministros: los que saben llorar, y los que no saben llorar; los que saben derramar su alma delante del Señor en el altar del llanto, y los que se avergüenzan y se privan de esta bendición, evitando el llorar a fin de guardar su “dignidad” y su “compostura”. Estos últimos, ignoran voluntariamente el ejemplo del Maestro de la vida, quien lloró frente a la tumba de Lázaro (Jn. 11:35), quien lloró sobre Jerusalem (Lc. 19:41), quien lloró en Su oración intercesora allí en el Huerto de Gethsemaní (Mt. 26:38-39). No puede haber ejemplo mayor ni más perfecto que el del Señor Jesús, y aunque la Escritura no registra Su risa, pero sí registra Su llanto.
Insisto que el llanto del que ahora hablamos es un llanto que el mundo no conoce. Nuestro Texto habla de “los que sembraron con lágrimas”, y agrega que “irá andando y llorando el que lleva la preciosa simiente”. Esa preciosa simiente, todos entendemos que es la Palabra de Dios, que es Cristo el Señor mismo. Por tanto, el que lleva en verdad a nuestro Señor Jesucristo en su vida, de acuerdo con las Escrituras, invariablemente va a “sembrar con lágrimas”. Sin lugar a dudas va a ir “andando y llorando” al llevar “la preciosa simiente”. Esa “preciosa simiente” es precisamente la que hace único ese llanto al que hoy nos referimos, y aquellos que lo sienten entienden este mensaje (Sal. 126:5-6).
Este llanto, primeramente, es de reconocimiento ante el Todopoderoso. Luego es de gratitud hacia nuestro Salvador por Su gracia que nos alcanzó. Es de un profundo amor para Aquel quien, en la cruz del Calvario, nos mostró Su amor. Es de compasión divina al ver a los que sufren, primeramente “a los domésticos de la fe” (Gál. 6:10), pero también por un mundo miserable que nos rodea. Este llanto no contiene amargura, no implica desesperación en el sentido humano. Es un llanto que trae satisfacción suprema al alma, cual ninguna otra cosa en esta vida puede proveer. Es, inclusive, holocausto y perfume suave que sube agradablemente ante la presencia del Eterno, así como lo fue la oración con lágrimas que derramó Ana, la madre de Samuel (1 Sam. 1:10-15).
El Creador, nuestro Dios, nos proveyó de las emociones que son parte integrante de nuestro ser. Entre esas emociones, la demostración más marcada es el llanto. El llanto hace un impacto en los sentimientos humanos, como ninguna otra demostración emotiva puede hacer. Tiene que ser un corazón muy duro el que no se conmueve, al oír el llanto desesperante de un niño. No es fácil pasar por alto el llanto sollozante de una mujer que gime. Cuando se ve a un hombre llorar, otros hombres se van a detener a considerar la razón de sus lágrimas. Dios mismo es movido a compasión por el llanto de Sus criaturas, quienes claman aun sin conocerle. ¡Cuánto más están atentos Sus oídos a la oración con lágrimas de Sus hijos!
Dios escuchó el llanto de José allá en el fondo de aquel pozo donde sus hermanos lo habían puesto. Allí aprendió José a llorar el llanto que agrada al Señor, pues en “la escuela del pozo” fue enseñado a confiar sólo y plenamente en Dios. ¡Cómo lloró Jeremías durante el curso de su ministerio! El llanto embargó su vida a causa del desvío del pueblo de Dios ciertamente, mas ese mismo llanto fue el que le trajo siempre el refrigerio espiritual a su propia alma. A su debido tiempo, la oración con lágrimas de Daniel fue lo que trajo la restitución del pueblo exiliado y el cumplimiento de las promesas de Dios. Ha sido siempre por lo regular el llanto, el elemento que Dios ha usado para cambiar positivamente el rumbo de Sus hijos, y de Su pueblo en lo general (Jer. 4:19; Lam. 3:48-51; Dn. 9:3). Del apóstol Pedro se nos dice ciertamente que, “lloró amargamente” (Mt. 26:75). Pero Dios no se equivoca, ni Su Palabra puede fallar. Ese llanto de Pedro se convirtió a su tiempo en su mayor tesoro, pues humillado así, pudo ser usado por el Señor en una forma que no hubiera sido posible de otra manera. Muchas veces he observado a quienes, llevando “la preciosa simiente” (Sal. 126:6), no quieren llorar como señala la Pablara, y Dios mismo los ha hecho que lloren. Esto nunca será para mal, porque si alguien sabe mejor siempre lo que está haciendo con Sus hijos, es nuestro Dios. Pero creo que es de sabios no esperar el que nuestro Padre Celestial nos obligue a quebrantarnos y a llorar. Es mejor prestarnos voluntariamente para ir “andando y llorando”, y “sembrar (aquí) con lágrimas”, “la preciosa simiente” (Sal. 126:5-6).
En los tiempos y lugares donde hoy vivimos, estamos rodeados de un cristianismo y de un ministerio de “espíritu profesional”, entre el cual hay “mucho intelecto” y muy poco sentimiento. Son muchos los cristianos y ministros que se deleitan, se alegran y se festejan en el gozo del Pentecostés, pero no son muchos los que están de acuerdo en llorar con el dolor del Calvario. Son muchos más los que están de acuerdo en ser parte del ruido, de la risa y de la alegría, y muy pocos en cambio, los que están dispuestos a “llorad con los que lloran” (Rom. 12:15). Son muchos los púlpitos brillantes, intelectuales y secos, y muy escasos aquellos que están bañados con las lágrimas de los ministros que los ocupan. Dios está mirando esto con dolor.
Cuando el Espíritu Santo nos habla por medio de Ezequiel profeta de la marca de Dios, dice: “Pasa por medio de la ciudad, por medio de Jerusalem (el pueblo de Dios), y pon una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella” (Ez. 9:4). Aquí está el distintivo único y especial con que están marcados los verdaderos servidores del Señor: “los que gimen y claman”. ¡Qué reflejo tan exacto hay aquí en la vida y el ministerio terrenal del mismo Señor! ¿Dónde están estos hombres y mujeres especiales para Dios? La respuesta es que deben de estar aquí en la tierra, y ellos son precisamente los verdaderos integrantes del Pueblo de los santos del Altísimo.
Lo que he escrito aquí, mi hermano, mi hermana, no es solamente un artículo sentimental, sino que es un gemido que ha salido de lo más profundo de mi corazón. Si tú eres uno de los que han ya aprendido a caminar “andando y llorando” (Sal. 126:6), Dios te bendiga, pues sé que has entendido mi intento. No desmayes, no mengües, no cambies mi hermano, mi hermana. Sostén tu estandarte de lágrimas en alto, que no te amedrente nadie, no temas, no te avergüences. Si el diablo te acusa a causa de tu llanto, no te dejes convencer de él; recuerda que, lo que pasa es que te tiene envidia porque él no puede llorar el llanto divino. Si nuestro Dios te hace llorar en la forma que fuere, dale gracias por ello. Pues si amas a tu Señor, siempre será para bien (Rom. 8:28).
Dirigiéndome a “los entendidos” (Dn. 12:10), os digo: recuerda que estamos rodeados de una humanidad que también llora, pero ellos lloran otro tipo de llanto, que es el de aquellos “otros que no tienen esperanza” (1 Tes. 4:13). Ellos necesitan desesperadamente conocer “el llanto divino” del que tú y yo ya disfrutamos, para poder llorar así con lágrimas de paz y de confianza como tú y yo. Pero si tú eres de los cristianos o ministros “profesionales” que “todo saben”, menos el quebrantarse con lágrimas y lloro delante del Señor, movido por la compasión de Cristo el Señor, ¿cómo podrás ayudarle a aquella madre que llora al ver a su hijo drogadicto en la prisión? ¿Cómo podrás consolar en forma efectiva a aquella muchacha destrozada física y moralmente, víctima de las circunstancias? ¿Acaso podrás, con el espíritu de un cristianismo seco y profesional, llegar al corazón de aquel niño que llora por su madre que ya no regresó a su hogar? ¿Podrás convencer de que tú comprendes sus lágrimas de hiel, a aquel pobre y miserable hombre que perdió su familia y su todo en un momento de locura?
A través ya de una vida en el ministerio, yo sé muy bien (y estoy completamente seguro de lo que digo), que la manera por excelencia de poder ayudar a consolar al que llora sin esperanza, es con las propias lágrimas de compasión de Cristo del verdadero hijo de Dios. Por esa precisa razón, el Espíritu Santo sigue exhortándonos, cuando dice por Joel profeta: “Tocad trompeta en Sión, pregonad ayuno, llamad a congregación. Reunid el pueblo, santificad la reunión, juntad los viejos, congregad los niños y los que maman: salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia. Entra la entrada y el altar, lloren los sacerdotes, ministros del Señor” (Jl. 2:15-17).
También, Santiago apóstol nos dice: “Allegaos a Dios, y Él se allegará a vosotros. Pecadores (hablando al pueblo de Dios), limpiad las manos; y vosotros de doblado ánimo, purificad los corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y Él os ensalzará” (Stg. 4:8-10). El Señor quiere que entre Su pueblo haya menos apariencia y más virtud. Menos de lo que miran los ojos y oyen los oídos naturales, y más de lo que mira y oye solamente Dios. Menos espíritu farisaico, y más de “lo secreto de nuestra cámara” (Mt. 6:5-6). Menos presentación humana, y más del espíritu de contrición, de humillación, del corazón quebrantado por “el llanto divino”.
La promesa en la Palabra es que si aquí “sembramos con lágrimas, con regocijo segaremos” en aquel día (2 Tim. 2:12). Yo creo esto con todas las fuerzas de mi alma. Por eso principié este escrito dando razón de los principios de mi propia vida. Ahora, para el tiempo presente de mi caminar, creo que puedo resumir lo que siento en las palabras del verso de uno de mis himnos intitulado, “Mi Hogar Celestial”, que dice: “Hoy camino ‘andando y llorando’ aquí, Tú marcaste esta senda, Señor. Mas ya pronto con gran regocijo estaré, mis gavillas tendré, ya jamás lloraré en mi Hogar Celestial”.
Dios te bendiga
Recuerdo que siendo niño (de 7 a 11 años), lloré en muchas ocasiones. Unas veces lloré de dolor, en otras lloré de tristeza o de desesperación, y en ciertas ocasiones recuerdo que lloré de emoción. Siendo ya un joven, fueron pocas las veces que lloré, pero cuando el llanto me llegó a embargar, este fue producto de sentimientos negativos: amargura, rabia, odio, etc. Pero un feliz día, llegó a mi miserable vida Aquel Personaje del que Isaías profetizó, diciendo: “Varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3), y Él me hizo llorar con ese llanto que sacia el alma. Desde entonces, sé qué significa la Escritura inicial, “andando y llorando” (Sal. 126:6).
He caminado ya por una vida, a lo largo de la cual he observado dos clases de cristianos, dos clases de ministros: los que saben llorar, y los que no saben llorar; los que saben derramar su alma delante del Señor en el altar del llanto, y los que se avergüenzan y se privan de esta bendición, evitando el llorar a fin de guardar su “dignidad” y su “compostura”. Estos últimos, ignoran voluntariamente el ejemplo del Maestro de la vida, quien lloró frente a la tumba de Lázaro (Jn. 11:35), quien lloró sobre Jerusalem (Lc. 19:41), quien lloró en Su oración intercesora allí en el Huerto de Gethsemaní (Mt. 26:38-39). No puede haber ejemplo mayor ni más perfecto que el del Señor Jesús, y aunque la Escritura no registra Su risa, pero sí registra Su llanto.
Insisto que el llanto del que ahora hablamos es un llanto que el mundo no conoce. Nuestro Texto habla de “los que sembraron con lágrimas”, y agrega que “irá andando y llorando el que lleva la preciosa simiente”. Esa preciosa simiente, todos entendemos que es la Palabra de Dios, que es Cristo el Señor mismo. Por tanto, el que lleva en verdad a nuestro Señor Jesucristo en su vida, de acuerdo con las Escrituras, invariablemente va a “sembrar con lágrimas”. Sin lugar a dudas va a ir “andando y llorando” al llevar “la preciosa simiente”. Esa “preciosa simiente” es precisamente la que hace único ese llanto al que hoy nos referimos, y aquellos que lo sienten entienden este mensaje (Sal. 126:5-6).
Este llanto, primeramente, es de reconocimiento ante el Todopoderoso. Luego es de gratitud hacia nuestro Salvador por Su gracia que nos alcanzó. Es de un profundo amor para Aquel quien, en la cruz del Calvario, nos mostró Su amor. Es de compasión divina al ver a los que sufren, primeramente “a los domésticos de la fe” (Gál. 6:10), pero también por un mundo miserable que nos rodea. Este llanto no contiene amargura, no implica desesperación en el sentido humano. Es un llanto que trae satisfacción suprema al alma, cual ninguna otra cosa en esta vida puede proveer. Es, inclusive, holocausto y perfume suave que sube agradablemente ante la presencia del Eterno, así como lo fue la oración con lágrimas que derramó Ana, la madre de Samuel (1 Sam. 1:10-15).
El Creador, nuestro Dios, nos proveyó de las emociones que son parte integrante de nuestro ser. Entre esas emociones, la demostración más marcada es el llanto. El llanto hace un impacto en los sentimientos humanos, como ninguna otra demostración emotiva puede hacer. Tiene que ser un corazón muy duro el que no se conmueve, al oír el llanto desesperante de un niño. No es fácil pasar por alto el llanto sollozante de una mujer que gime. Cuando se ve a un hombre llorar, otros hombres se van a detener a considerar la razón de sus lágrimas. Dios mismo es movido a compasión por el llanto de Sus criaturas, quienes claman aun sin conocerle. ¡Cuánto más están atentos Sus oídos a la oración con lágrimas de Sus hijos!
Dios escuchó el llanto de José allá en el fondo de aquel pozo donde sus hermanos lo habían puesto. Allí aprendió José a llorar el llanto que agrada al Señor, pues en “la escuela del pozo” fue enseñado a confiar sólo y plenamente en Dios. ¡Cómo lloró Jeremías durante el curso de su ministerio! El llanto embargó su vida a causa del desvío del pueblo de Dios ciertamente, mas ese mismo llanto fue el que le trajo siempre el refrigerio espiritual a su propia alma. A su debido tiempo, la oración con lágrimas de Daniel fue lo que trajo la restitución del pueblo exiliado y el cumplimiento de las promesas de Dios. Ha sido siempre por lo regular el llanto, el elemento que Dios ha usado para cambiar positivamente el rumbo de Sus hijos, y de Su pueblo en lo general (Jer. 4:19; Lam. 3:48-51; Dn. 9:3). Del apóstol Pedro se nos dice ciertamente que, “lloró amargamente” (Mt. 26:75). Pero Dios no se equivoca, ni Su Palabra puede fallar. Ese llanto de Pedro se convirtió a su tiempo en su mayor tesoro, pues humillado así, pudo ser usado por el Señor en una forma que no hubiera sido posible de otra manera. Muchas veces he observado a quienes, llevando “la preciosa simiente” (Sal. 126:6), no quieren llorar como señala la Pablara, y Dios mismo los ha hecho que lloren. Esto nunca será para mal, porque si alguien sabe mejor siempre lo que está haciendo con Sus hijos, es nuestro Dios. Pero creo que es de sabios no esperar el que nuestro Padre Celestial nos obligue a quebrantarnos y a llorar. Es mejor prestarnos voluntariamente para ir “andando y llorando”, y “sembrar (aquí) con lágrimas”, “la preciosa simiente” (Sal. 126:5-6).
En los tiempos y lugares donde hoy vivimos, estamos rodeados de un cristianismo y de un ministerio de “espíritu profesional”, entre el cual hay “mucho intelecto” y muy poco sentimiento. Son muchos los cristianos y ministros que se deleitan, se alegran y se festejan en el gozo del Pentecostés, pero no son muchos los que están de acuerdo en llorar con el dolor del Calvario. Son muchos más los que están de acuerdo en ser parte del ruido, de la risa y de la alegría, y muy pocos en cambio, los que están dispuestos a “llorad con los que lloran” (Rom. 12:15). Son muchos los púlpitos brillantes, intelectuales y secos, y muy escasos aquellos que están bañados con las lágrimas de los ministros que los ocupan. Dios está mirando esto con dolor.
Cuando el Espíritu Santo nos habla por medio de Ezequiel profeta de la marca de Dios, dice: “Pasa por medio de la ciudad, por medio de Jerusalem (el pueblo de Dios), y pon una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella” (Ez. 9:4). Aquí está el distintivo único y especial con que están marcados los verdaderos servidores del Señor: “los que gimen y claman”. ¡Qué reflejo tan exacto hay aquí en la vida y el ministerio terrenal del mismo Señor! ¿Dónde están estos hombres y mujeres especiales para Dios? La respuesta es que deben de estar aquí en la tierra, y ellos son precisamente los verdaderos integrantes del Pueblo de los santos del Altísimo.
Lo que he escrito aquí, mi hermano, mi hermana, no es solamente un artículo sentimental, sino que es un gemido que ha salido de lo más profundo de mi corazón. Si tú eres uno de los que han ya aprendido a caminar “andando y llorando” (Sal. 126:6), Dios te bendiga, pues sé que has entendido mi intento. No desmayes, no mengües, no cambies mi hermano, mi hermana. Sostén tu estandarte de lágrimas en alto, que no te amedrente nadie, no temas, no te avergüences. Si el diablo te acusa a causa de tu llanto, no te dejes convencer de él; recuerda que, lo que pasa es que te tiene envidia porque él no puede llorar el llanto divino. Si nuestro Dios te hace llorar en la forma que fuere, dale gracias por ello. Pues si amas a tu Señor, siempre será para bien (Rom. 8:28).
Dirigiéndome a “los entendidos” (Dn. 12:10), os digo: recuerda que estamos rodeados de una humanidad que también llora, pero ellos lloran otro tipo de llanto, que es el de aquellos “otros que no tienen esperanza” (1 Tes. 4:13). Ellos necesitan desesperadamente conocer “el llanto divino” del que tú y yo ya disfrutamos, para poder llorar así con lágrimas de paz y de confianza como tú y yo. Pero si tú eres de los cristianos o ministros “profesionales” que “todo saben”, menos el quebrantarse con lágrimas y lloro delante del Señor, movido por la compasión de Cristo el Señor, ¿cómo podrás ayudarle a aquella madre que llora al ver a su hijo drogadicto en la prisión? ¿Cómo podrás consolar en forma efectiva a aquella muchacha destrozada física y moralmente, víctima de las circunstancias? ¿Acaso podrás, con el espíritu de un cristianismo seco y profesional, llegar al corazón de aquel niño que llora por su madre que ya no regresó a su hogar? ¿Podrás convencer de que tú comprendes sus lágrimas de hiel, a aquel pobre y miserable hombre que perdió su familia y su todo en un momento de locura?
A través ya de una vida en el ministerio, yo sé muy bien (y estoy completamente seguro de lo que digo), que la manera por excelencia de poder ayudar a consolar al que llora sin esperanza, es con las propias lágrimas de compasión de Cristo del verdadero hijo de Dios. Por esa precisa razón, el Espíritu Santo sigue exhortándonos, cuando dice por Joel profeta: “Tocad trompeta en Sión, pregonad ayuno, llamad a congregación. Reunid el pueblo, santificad la reunión, juntad los viejos, congregad los niños y los que maman: salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia. Entra la entrada y el altar, lloren los sacerdotes, ministros del Señor” (Jl. 2:15-17).
También, Santiago apóstol nos dice: “Allegaos a Dios, y Él se allegará a vosotros. Pecadores (hablando al pueblo de Dios), limpiad las manos; y vosotros de doblado ánimo, purificad los corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y Él os ensalzará” (Stg. 4:8-10). El Señor quiere que entre Su pueblo haya menos apariencia y más virtud. Menos de lo que miran los ojos y oyen los oídos naturales, y más de lo que mira y oye solamente Dios. Menos espíritu farisaico, y más de “lo secreto de nuestra cámara” (Mt. 6:5-6). Menos presentación humana, y más del espíritu de contrición, de humillación, del corazón quebrantado por “el llanto divino”.
La promesa en la Palabra es que si aquí “sembramos con lágrimas, con regocijo segaremos” en aquel día (2 Tim. 2:12). Yo creo esto con todas las fuerzas de mi alma. Por eso principié este escrito dando razón de los principios de mi propia vida. Ahora, para el tiempo presente de mi caminar, creo que puedo resumir lo que siento en las palabras del verso de uno de mis himnos intitulado, “Mi Hogar Celestial”, que dice: “Hoy camino ‘andando y llorando’ aquí, Tú marcaste esta senda, Señor. Mas ya pronto con gran regocijo estaré, mis gavillas tendré, ya jamás lloraré en mi Hogar Celestial”.
Dios te bendiga
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