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Hay Una Gran Necesidad En La Iglesia

9/3/2016

 
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Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Julio 2015
 página 5.
“…y ninguno de los impíos entenderá, pero entenderán los entendidos” (Dn. 12:10)
¡El pueblo de Dios necesita acercarse más a Él en oración y ayuno! Está escrito que “los entendidos entenderán” (Dn. 12:10), y si entendemos qué es lo que el Señor está demandando de nosotros, y no lo hacemos, de cierto os digo que no seremos tenidos por inocentes.

Ha llegado el tiempo del fin, y la Iglesia de Cristo en la tierra está entrando en la última etapa de su peregrinación. Estamos viviendo tiempos difíciles, porque las huestes satánicas están obrando con todas las facultades a su alcance, y los cristianos vivimos en un ambiente de una guerra espiritual sin tregua, asediados constantemente por legiones de demonios que, sabiendo que es poco el tiempo que les queda, buscan el destrozar a toda costa lo único que tiene valor eterno en este mundo, esto es, al pueblo que ha recibido la salvación del Señor.

Un gran porcentaje del pueblo de Dios y aun de los ministros vive no ignorando, pero sí disimulando esta gran verdad: necesitamos acercarnos más a nuestro Dios en oración y ayuno, tenemos que confesar que es cierto que hemos estado ocupando la mayor parte de nuestro tiempo en muchas cosas, que incluso, nos quitan las horas que deberíamos de pasar en oración. Debemos confesar también que hemos robado los días que debíamos de haber ocupado en consagrarlos al Señor en ayuno, oración, y en meditación de Su Palabra, ¿Y cuál ha sido el resultado? Consecuencias lógicas: el espíritu de disposición para sacrificarse por Cristo y Su obra se ha estado apagando; son pocos los ministros que están dispuestos a sufrir incondicionalmente por el Señor. En proporción, ha disminuido el número de los cristianos que están dispuestos a darse a sí mismos para su Dios; en cambio, el terreno está fertilizado para que crezcan las hiedras malignas de la vanidad, la envidia, el egoísmo, la intriga, el orgullo, los pleitos, los celos y otras más, que, disfrazadas con la apariencia de inofensivas guías de hortaliza, se entreveran y tienen lazados los corazones de muchos hijos del Altísimo.
Dios habla a “los entendidos” (Dn. 12:10), diciendo (y esperando) que seamos entendidos, pero tenemos también a los “enfermos y debilitados, y… a los que duermen” (1 Cor. 11:30), a quienes no podemos despertar con sermones o exhortaciones, cristianos cuya vida está atada con “las cosas que están en el mundo” (1 Jn. 2:15): las comodidades excesivas que acarrean ligaduras y pereza espiritual al cristiano, las modas y vestimentas deshonestas de las que participan las señoras y doncellas descuidadas, sirviendo de instrumentos para alimentar el espíritu de lascivia y la concupiscencia en la Iglesia; la televisión, el Internet y otras distracciones mundanas que dañan la vida del cristiano, y está también el amor al dinero y las codicias locas que han sumido a muchos en perdición y muerte. Mas, pregunto, ¿cómo podemos vencer en la guerra contra estos y otros muchos demonios más?, solamente acercándonos más al Señor en oración y ayuno.

Ya nos hemos convencido de que la obra de Dios no se hace ni camina solamente a base de reuniones, ni con la construcción de templos o teniendo buenos fondos financieros, ciertamente, todo esto es indispensable y necesitamos tenerlo, pero cuando se descuida lo fundamental de este edificio espiritual (la Iglesia), que es la consagración y el acercamiento del pueblo hacia su Dios por medio de la oración y el ayuno, todo lo demás está en peligro de quedar hueco, seco y sin vida, y la Iglesia corre el riesgo de caer en esta tibieza abominable de la que habla el Señor en Apocalipsis, diciendo que va a “vomitar de Su boca”. “Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa, y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo, yo te amonesto que de Mí compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez, y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo: sé pues celoso, y arrepiéntete” (Ap. 3:16-19).

Las almas de los pecadores que nos rodean, gimen aprisionadas y anhelando ser liberadas (Hch. 26:16-18). Y nosotros, ¿cómo podremos rescatarlas y traerlas a los pies de Cristo para que sean salvas? ¿Con nuestras fuerzas? ¿Con nuestra inteligencia? ¿Con nuestras propias virtudes? ¡No! ¡Solamente con el poder de Dios! Ese poder el Señor lo ofrece para que hagamos Su obra, pero tiene señalado un precio, nuestra consagración en oración y en sacrificio santo (en ayuno). ¡Necesitamos orar más! ¡Necesitamos consagrarnos más! ¡Necesitamos allegarnos más a Dios!

Como ministros, como fieles de la Iglesia del Señor Jesús, ancianos, fuertes y jóvenes, oigamos todos, la voz de nuestro Dios que nos hace responsables de este nuestro descuido: ¡Falta de oración y ayuno!
Al leer estas letras es fácil evadir la responsabilidad solamente con no darle importancia, pero si tú eres de “los entendidos” (Dn. 12:10), inclinando tu rostro delante de tu Señor y aun con lágrimas en tus ojos, tendrás que confesarle que es verdad que ¡hay una grande necesidad en la Iglesia del Señor Jesucristo!
En el Nombre del Señor Jesús exhorto a mis hermanos ministros, y fieles entre el pueblo del Señor, a que demos todo nuestro respaldo y apoyo a los pastores que están incitando y provocando a la oración y ayuno entre el pueblo de Dios, y de orar por ellos para que el Señor les dé las fuerzas y la inspiración para seguir en esta encomienda.

Concédanos el Señor, que cada vida y cada hogar se convierta en un altar, que cada iglesia se convierta en una antorcha que arda con el Fuego Divino del Espíritu Santo. Sólo así podremos caminar como agrada a Dios, y podremos cumplir fielmente con la obra que Él ha encomendado en nuestras manos, pues únicamente el poder del Señor podrá despertar a los que duermen, y solamente ese poder bendito podrá traer a los perdidos a los pies de Cristo para que sean salvos.

Dios te bendiga.
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