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El Verdadero Ministerio En La Iglesia

3/13/2016

 
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Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Julio 2012
 página 6.
“Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad., mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor; y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo. Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20:25-28)
El Molde Original de Dios
La presente declaración de la Sagrada Escritura es de importancia capital, y tiene que ver con la Iglesia desde su nacimiento hasta su recogimiento, en esta declaración divina encontramos una prohibición específica, ordenada por el mismo Señor, la cual encierra en sí, vida o muerte, es El Señor mismo quien ordena que Su Iglesia no debe gobernarse en la misma forma en que se gobiernan los pueblos de la Tierra, Prohibe, por tanto, en forma imperativa y terminante, el que Sus ministros usen la estructura de poder donde opera la autoridad de hombre. Esta es, ciertamente, correcta y de orden para todos los demás aspectos de gobierno netamente humano, “mas entre vosotros, NO será así”, la desobediencia a este mandato divino ha acarreado siempre maldición al pueblo de Dios.
Así como en la antigüedad Israel ofendió a Dios, pidiendo el pueblo a Samuel que les pusiera a un hombre como rey, desechando al Rey (1 Sam. 8:7), también la cristiandad ha acarreado sobre sí la ira divina haciendo lo mismo, pues desde los primeros siglos de la Iglesia los cristianos turbados por el espíritu del anticristo han pedido, puesto y reconocido como autoridades, como señores de la grey y cabeza de la Iglesia, a hombres engañadores que, por su parte, han aceptado y aun reclamado el ser tal cosa, al igual que como lo hizo Diótrefes en su ansia desviada de “tener el primado”.

A raíz de la operación del “misterio de iniquidad”, que obró al principio del cristianismo, podemos observar la metamorfosis que el enemigo de Cristo provocó en la Iglesia, paralelo con la manifestación del “cuerno pequeño” del que habla Daniel (7:8 y 20), los apóstoles aprendieron bien del Maestro cómo debía gobernarse la Iglesia. Al leer ahora nosotros las páginas del Nuevo Testamento encontramos en ellas el ejemplo de hombres que entendieron, en forma plena, cuál es el verdadero llamamiento de los fieles ministros de Cristo, ellos entendieron en verdad qué es lo que el Señor quiso enseñarnos cuando dijo: “Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. Pero muchos de los ministros que siguieron a los apóstoles no permanecieron con la misma visión espiritual y fueron usados por el anticristo, en los primeros siglos, para que se operara la metamorfosis que mencionamos. Entonces, la Iglesia tuvo un tremendo cambio transformándose de un organismo vivo, a una organización muerta; de una estructura espiritual, a una estructura política; de un pueblo santo presidido por servidores, a un pueblo mundano gobernado por “señores de la grey”; de una “virgen pura”, a una “ramera”.

En las congregaciones de la edad apostólica no encontramos ni el menor indicio de organización estructurada en la forma de la pirámide del gobierno de autoridad de hombre, la Iglesia universal, en sus principios, estaba muy distante de ser una organización de acuerdo con la idea que hasta hoy prevalece entre el cristianismo, en cambio, se le señala en las cartas apostólicas como “un cuerpo”, como un organismo vivo cuyos miembros caminaban unidos única y exclusivamente por las ligaduras del Espíritu de Cristo. Se le señala como un conjunto ceñido nada menos que con las ataduras indisolubles del amor de Dios, no existían “los credos” posteriores, ni leyes, ni acuerdos de “concilios” que obligan a los cristianos para que permanezcan juntos. Se nos dice, en cambio, que “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones, y toda persona tenía temor...” (Hch. 2:42-43). La Iglesia estaba viviendo literalmente la bendición del apóstol Pablo, quien dijo: “Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia: el cual es poderoso para sobreedificar, y daros heredad con todos los santificados” (Hch. 20:32), fue ese el tiempo, durante el cual se cumplió perfectamente lo dicho por el divino Maestro referente al amor fraternal, al grado de que el hermano estaba dispuesto a dar su vida por su hermano.

Los grandes hombres de Dios no lo fueron por rangos ni por títulos de superioridad conferidos por alguna reunión política, sino por su abnegación, humildad y servicio, sus expresiones limpias y sencillas dan razón, hasta el día de hoy, del Espíritu de Cristo que estaba en ellos. Son muchas las ocasiones en que leemos que usaban términos tales como: “os rogamos hermanos” y “os ruego hermanos”, etc., el mismo apóstol Pedro sobre quien, ya después de muerto, Satanás inventó la mentira que prevalece hasta hoy nombrándole “príncipe de los apóstoles” y primer hombre en el papado— nos dice: “ruego a los ancianos (de la Iglesia) que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de las aflicciones de Cristo, que soy también participante de la gloria que ha de ser revelada, apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo cuidado de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino de un ánimo pronto; y no como teniendo señorío sobre las heredades del Señor, sino siendo dechados de la grey, y cuando apareciere el Príncipe de los pastores (Jesucristo el Señor), vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 Ped. 5:1-4), el molde divino es maravillosamente claro, y en él no encontramos ni el menor vestigio de las blasfemias y mentiras a las que, a su debido tiempo, el anticristo dio cuerpo.

No encontramos ni en Pedro, ni en Juan, ni en Pablo, ni en Santiago, el más mínimo vestigio de que hayan ejercido alguna autoridad sobre sus compañeros en el ministerio, de igual manera, no hay seña alguna de que hayan ejercido señorío alguno sobre el rebaño del Señor. Aquellos fieles siervos de Dios recordaron perfectamente lo dicho por el Maestro de que: “el que se sienta a la mesa es el mayor” (Lc. 22:24-27), el único molde de organización universal que nos muestra el dechado original es el de congregaciones o iglesias autónomas dependiente cada una del “Príncipe de los pastores”, ligadas unas a las otras solamente por los lazos del amor y de la fe en Jesucristo el Señor, y la ministración de verdaderos “servidores”. Aquellos fieles servidores del pueblo de Dios sabían muy bien, que no habían sido llamados para buscar seguidores para ellos, ni formar un grupo cada uno para rivalizar con sus compañeros, ellos sabían que la Iglesia es solamente una y que no es de ningún hombre sino solamente de Cristo, el Señor. Por eso, precisamente, es que en ninguna de sus cartas encontramos la expresión que es tan común ahora de: “nuestra iglesia”, o “la iglesia de nosotros”, o “mi iglesia”, estaban bien conscientes que el único que pudo decir “Mi iglesia” fue el mismo Señor (Mt. 16:18).

En cada iglesia o congregación, presidía una pluralidad de hombres quienes ministraban en un compañerismo inspirado por el Espíritu Santo (Hch. 13:1-2). Las Escrituras nos dan testimonio, una y muchas veces, de la forma en que aquellos hombres de Dios, a pesar de sus fallas y flaquezas humanas iguales que las nuestras hasta el día de hoy, pudieron vivir y ministrar a la grey del Señor, sujetos al molde sagrado del Espíritu Santo que dice: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien en humildad, estimándoos inferiores los unos a los otros: No mirando cada uno a los suyo propio, sino cada cual también a lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:3-5). No nos es posible transcribir aquí todas las otras Escrituras que dan también razón de este mismo orden, pero allí están en el Libro Santo; los que las conocen y las tienen en poco de cierto que de ello darán un día cuenta al “Príncipe de los pastores”, alguien podrá hoy argumentar que no es posible ahora el vivir exactamente conforme al molde original, pero la verdad es que no tan solamente puede ser posible, sino que es imperativo el vivirlo. “Jesucristo es el mismo”, Su Palabra es la misma y Su Iglesia no ha cambiado, es la misma. Quien esto escribe da testimonio no de una teoría ilusoria o imaginaria sino de un hecho que, al tiempo de estar escribiendo esto, es una realidad maravillosa en nuestros medios por cuanto lo estamos viviendo.
"Cuando nuestro Señor Jesucristo da los mensajes a las iglesias de Asia en el libro de Las Revelaciones, no se dirige al conjunto como a una organización o como a una diócesis o como a un distrito; lo hace en lo individual"
El diccionario bíblico y la misma historia de la Iglesia dan razón de que los títulos de obispo, presbítero, anciano y pastor, en la Iglesia primitiva no eran rangos o escalafones de “autoridad ministerial” como después y hasta hoy se han reconocido, sino que son sinónimos de un mismo, el ministro de Dios, como pastor, “cuida” el rebaño; como obispo, “vigila”; como presbítero, “preside”; y, como anciano, “aconseja”. Aunque el espíritu del anticristo ha tratado siempre de encontrar a esto una interpretación que se ajuste a su engaño, no hay escritura en el Nuevo Testamento que indique alguna superioridad de “autoridad eclesiástica” entre los ministros de Cristo en la Iglesia primitiva, cuando nuestro Señor Jesucristo da los mensajes a las iglesias de Asia en el libro de Las Revelaciones, no se dirige al conjunto como a una organización o como a una diócesis o como a un distrito; lo hace en lo individual, a cada uno de los pastores y respectivas iglesias de aquella región.

Las Escrituras nunca dan razón de que los apóstoles hayan formado cierta diócesis o distrito para que, como superior, algún hombre actuara ejerciendo autoridad sobre cierto número de congregaciones, mucho menos encontramos que hayan reconocido o nombrado a algún hombre para darle el lugar de jefe o cabeza suprema de la Iglesia en general. De Pedro mismo se nos dice que: “andándolos a todos, vino también a los santos que estaban en Lydda” (Hch. 9:32), en la forma de expresión que en este texto se usa para describir las actividades y los viajes del apóstol, el Espíritu Santo subraya la humildad y sencillez del servicio desempeñado por aquellos ministros de Cristo. Tanto Pedro como sus demás compañeros entonces supieron dar la debida importancia a lo ordenado por el Señor, quien también dijo: “Mas vosotros, no queráis ser llamados Rabbí; porque uno es vuestro Maestro (Amo), el Cristo, y todos vosotros sois hermanos” (Mt. 23:8), los títulos posteriormente inventados de patriarca, cardenal, reverendo, presidente, superintendente, supervisor, etc.…, son solamente fruto de la apostasía en la Iglesia cristiana quien se apropió, en contra de lo ordenado por el Señor, del sistema político de las estructuras de autoridad de hombre.

Los apóstoles y demás ministros fieles en la Iglesia original sujetaron sus acciones y sus determinaciones dentro del marco sagrado señalado por el Señor, dentro de ese marco permanecieron conscientes de que en nuestra obediencia a Cristo está la misma vida y en nuestra desobediencia, la muerte espiritual. Ellos así vivieron y así enseñaron, a su vez, entonces y hasta ahora, por medio de sus Escritos a los fieles cristianos a obedecer en una forma completa la Palabra del Señor y a depender en todo y para todo de su Dios. Ellos estaban despiertos ante esa terrible maldición sobre la que el Dios Eterno previene a Su pueblo cuando dice: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta del Señor” (Jer. 17:5). Actuaron estando completamente conscientes de que, como ministros de Cristo, eran meramente vasos por medio de los cuales debía de ministrar Cristo mismo, no en una forma figurada únicamente sino en una manera real y aun palpable. Por eso, inclusive, leemos cómo se refieren muchas veces a su propio ministerio diciendo: “Cristo en mí”.

En más de una ocasión encontramos a los apóstoles rechazando la adulación o el reconocimiento desmedido que gentes o algunos hermanos en su ignorancia les demostraban (Hch. 3:12 y 14:8-15). ¡Cuán distinta fue la actuación de aquellos poderosos, pero a la vez sencillos ministros del Señor, cuando los comparamos con el ministerio apóstata de los siglos posteriores y hasta el día presente!, el apóstol Pablo introduce su ministerio en una de sus cartas, diciendo: “Pablo, apóstol, (no de los hombres ni por hombre, mas por Jesucristo y por Dios el Padre, que lo resucitó de los muertos)” (Ga. 1:1), su expresión no implica jactancia humana ni mucho menos una demostración de rebeldía en contra de alguien más; es la declaración, con una profunda convicción, de la certeza del origen de su llamamiento. No es tampoco una expresión que indique un monopolio del derecho que él reclama, sino que es la expresión que debe de caber en el corazón limpio y sincero de cada verdadero ministro de Cristo hasta el día de hoy.
El Llamamiento Ministerial
El llamamiento ministerial de los apóstoles fue por Dios, no por los hombres, y ese es el orden establecido por el Espíritu Santo hasta el presente día, los apóstoles “impusieron sus manos” muchas veces sobre las cabezas de otros hombres idóneos, quienes también fueron llamados por el Mismo que los llamó a ellos. La Escritura no da razón de que “ellos ordenaron ministros” en la forma que la cristiandad engañada lo entiende hasta hoy, lo que hicieron siempre fue pedir a Dios la confirmación del ministerio en los vasos que el Espíritu Santo llamó después que a ellos. En Antioquía los hermanos, “ministrando...al Señor...habiendo ayunado y orado, pusieron las manos encima de Bernabé y Saulo” (Hch. 13:1-3), de esta sencilla ceremonia, al igual como lo ha hecho con otras Escrituras, el anticristo produjo a su tiempo la pomposa ceremonia de “la ordenación ministerial”. En ella, el crédito del llamamiento ministerial no lo recibe “el Señor de la mies”, sino los jerarcas religiosos que reclaman tener el monopolio y completo control para decir quién es ministro y quién no lo es.

El llamamiento ministerial de los apóstoles no fue temporal ni por cierto periodo, sino vitalicio. No consistió ni se redujo a cierto título de tipo político adquirido por los votos que hubieren ganado. Su llamamiento no dependió de ciertas reglas o condiciones establecidas por algún concilio de tipo humano, sino por las mismas reglas divinas que desde la antigüedad hasta este día permanecen inmutables (Ex. 18:21, Hch. 6:3, 1 Ti. 3:1-7 y Tito 1:7-9), y así sirvieron incondicionalmente al pueblo de Dios, imitando al dechado Supremo: Cristo el Señor. No buscando beneficios materiales ni retribuciones terrenas, u honores y glorias o reconocimiento del conjunto, sino solamente el agradar a Aquel quien ofrece la recompensa suprema, la prueba de esto está en el hecho de que la gran mayoría de ellos ofrendaron aun sus mismas vidas en martirio, para ganar así una vida mejor en la presencia de su Amado Señor y Maestro.
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