Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Enero 2012 página 14.
Revista Maranatha Edición de Enero 2012 página 14.
Historia de la Iglesia según B. K. KUIPER, Por el Pastor Efraim Valverde, Sr. Extracto del libro Adoradores:
Es sumamente fácil para el lector informarse de “La Historia de la Iglesia”. Existe una infinidad de libros escritos al respecto. En ellos podrá leer, con todo detalle la forma en que la estructura de gobierno humano, prohibido por el Señor, comenzó a tomar forma entre el cristianismo primitivo. Transcribo enseguida, para confirmación de lo dicho, algunos párrafos de “La Historia de la Iglesia” por B. K. Kuiper, quien en el capítulo 3 de su libro nos habla del crecimiento interno de la Iglesia a principios del segundo siglo. El lector va a notar inmediatamente que el Sr. Kuiper defiende con mucho énfasis la idea de la autoridad de hombre en la ya entonces naciente organización político-religiosa:
La organización salió como resultado de la pugna con los grupos heréticos, quienes también reclamaban tener sus bases en la Biblia. La iglesia tuvo que establecer una posición de autoridad para decidir el significado de la Biblia, y ejerció esa autoridad por medio de sus gobernantes que fueron llamados obispos. Al principio, la organización en la iglesia era una forma sencilla. Los oficiales eran los pastores y los diáconos. Los pastores eran también llamados ancianos, presbíteros y obispos. Todos los presbíteros eran iguales y ninguno tenía rango de autoridad sobre los demás pero como es natural, en cada congregación uno de ellos tomaba la directiva convirtiéndose así, automáticamente, en el presbítero superior que presidía los cultos y dirigía la predicación. El título de obispo les fue dado en el transcurso del tiempo a los presbíteros superiores y, gradualmente, los demás presbíteros fueron quedando como subordinados del obispo. Éste, a su vez, pasó ahora a gobernar solo la iglesia y, por tal razón, se pasó a nombrarlos obispos monárquicos”. “Las iglesias fueron, primeramente, establecidas en las ciudades mientras las gentes en las aldeas y del campo continuaban siendo paganos. De las ciudades, el cristianismo se extendió a las villas, a las aldeas y a los campos. En esta manera, los nuevos convertidos formaron iglesias rurales que reconocían a la vez, como su cabecera a la iglesia de la ciudad correspondiente. Con el tiempo, a cada ciudad grande con su respectiva esfera de influencia se le llamó una diócesis y, por tanto, el obispo de la iglesia más grande pasó a ser el obispo de la diócesis. La fecha exacta de cuando la iglesia comenzó a tener obispos diocesanos no la sabemos, pues esta forma de organización o de gobierno comenzó a tomar cuerpo gradualmente; primero en una ciudad, y después en otra”. “Como se supuso que los obispos eran sucesores de los apóstoles, esa idea ayudó inmensamente para revestir a los obispos de una grande autoridad. San Ignacio, considerando a los obispos como el principal lazo para guardar la unidad de las iglesias en la defensa contra las herejías, escribió a la iglesia en Éfeso diciéndoles: ‘Seguid a vuestro obispo, así como Cristo siguió al Padre, y nada hagáis sin el obispo. Por largo tiempo las iglesias, o sea, las congregaciones locales, eran autónomas, conectadas unas con otras solamente por el sentir del amor. Pero para el año 200, ya se había más o menos formado un bloque compacto. Los grupos heréticos estaban fuera de la iglesia, por supuesto, y formaron pequeñas iglesias, pero la iglesia grande era reconocida como la iglesia universal”. “Cipriano, obispo de Cártago, es el que expresó, mejor que nadie, la idea de la iglesia en la forma en que permanece hasta este día, cuando dice: ‘Hay un Dios, y Cristo es uno. Hay una iglesia y una silla o centro de autoridad. El que no está en la iglesia de Cristo el tal no es cristiano pues no puede tener a Dios por Padre el que no tiene a la iglesia por madre. No hay salvación fuera de la iglesia, y la iglesia está basada en la unidad de los obispos. El obispo está en la iglesia, y la iglesia está en el obispo. Si alguno no está con el obispo, el tal no está en la iglesia”.
MANIFESTACIÓN DE LA APOSTASÍA
Creo que la porción histórica citada del libro del Sr. B. K. Kuiper es bastante clara para que el lector entienda lo que hemos tratado de explicar en este estudio. A pesar de que lo descrito se verificó hace ya más de 17 siglos, para el presente tiempo son incontables las organizaciones político-religiosas cristianas que podrían verse en este relato histórico como en un espejo. En esta descripción encontramos un retrato exacto del cumplimiento de las profecías que nos ocupan en este estudio. Vemos a la Iglesia en parte siendo frenada del desvío por las terribles persecuciones, pero a la vez deslizándose inexorablemente y sufriendo esa metamorfosis que la llevó a una completa apostasía. La metamorfosis que la llevó, como ya lo mencionamos, al grado de transformarse de una virgen pura, a una ramera (Ap. 17:1-2). Pues habiendo sido un día la novia fiel y sin mancha del Cordero, ahora aparece como la mujer fornicaria e inmunda. “La grande ramera…la mujer vestida de púrpura…y en su frente un nombre escrito: MISTERIO, BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS FORNICACIONES Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA”.
Mas esta triste experiencia aconteció a la Iglesia por causa de su desobediencia a las palabras del Señor. Siempre se ha repetido el mismo ciclo entre el pueblo de Dios en todas las edades. Lo vemos cumplido no nomás en Israel sino también en la Iglesia entre los gentiles. Es increíble pero cierto el hecho, a través de toda la historia y hasta el presente día, de que al pueblo del Altísimo se le olvida la advertencia divina que dice: “No os engañéis, Dios no puede ser burlado; que todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Ga. 6:7). Satanás, siendo el maestro y padre de la mentira y conocedor de las debilidades humanas, operó una vez más con sutil astucia para que se repitiera el ciclo señalado por el Espíritu Santo: “Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias. Antes se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fue entenebrecido. Diciéndose ser sabios, se hicieron fatuos, y trocaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de animales de cuatro patas, y de serpientes. Por lo cual también Dios los entregó a inmundicia en las concupiscencias de sus corazones, de suerte que contaminaron sus cuerpos entre sí mismos; los cuales mudaron la verdad de Dios en mentira, honrando y sirviendo a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén” (Ro. 1:21-5). Mas gracias damos siempre a nuestro Dios por “el remanente fiel”, ahora tanto en Israel como también en la Iglesia (1 R. 19:18 y Ro. 11:4-5).
Aquí hay un detalle muy importante que nos es conveniente tomar muy en cuenta; los apóstoles estaban completamente conscientes de que la apostasía iba a manifestarse en la Iglesia no muchos días después de la partida de ellos. No es posible citar todas las escrituras en que ellos hablan sobre esto pero menciono algunas de las más sobresalientes. El apóstol Pablo nos dice: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al ganado; y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas, para llevar discípulos tras sí” (Hch. 20:29-30). “Empero el Espíritu dice manifiestamente, que en los venideros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus de error y a doctrinas de demonios; que con hipocresía hablarán mentira, teniendo cauterizada la conciencia. Que prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de las viandas que Dios creó para que con hacimiento de gracias participasen de ellas los fieles, y los que han conocido la verdad” (1 Ti. 4:1-3).
El apóstol Pedro nos dice: “Pero hubo también falsos profetas en el pueblo, como habrá entre vosotros falsos doctores, que introducirán encubiertamente herejías de perdición, y negaran al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos perdición acelerada. Y muchos seguirán sus disoluciones, por los cuales el camino de la verdad será blasfemado; y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas; sobre los cuales la condenación ya de largo tiempo no se tarda, y su perdición no se duerme” (2 P. 2:1-3). Es imposible que la advertencia divina pudiera estar más clara pero también es imposible que la mente turbada pueda ver la verdad, por más nítida que ésta estuviere.
El mirar esta operación del engaño es lo que hizo sufrir a Lot y a Noé, a José y a Samuel, a Jeremías y a Daniel y a todos los profetas y fieles siervos de Dios. Citamos a Pablo y a Pedro pero también hablan de lo mismo Santiago, Judas y Juan. Pero más que en todos ellos, y ahora en nosotros también junto con ellos, está el dolor en el corazón del Señor quien se lamenta: “Oíd, cielos y escucha tú, tierra, porque habla el Señor: Crié hijos y engrandecílos, y ellos se rebelaron contra Mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su Señor. Israel (y ahora la iglesia) no conoce, mi pueblo no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento” (Is. 1:2-3).
Ahora, de acuerdo con la lógica de la mentalidad del cristianismo turbado, lo más natural es pensar que aquellos líderes espirituales del pueblo de Dios, al entender tan claramente la gravedad del peligro que acechaba a la Iglesia, deberían de haber dado curso a formar alguna estructura de control humano “para que velaran por la integridad de la obra de Dios” (usando la expresión tan común entre los cristianos desviados en todos los tiempos). Pero vemos entonces que los apóstoles no lo hicieron así, pues no encontramos en todo el Nuevo Testamento ni el menor indicio ni inclinación para hacer tal cosa. En cambio prevaleció entre ellos el consenso expresado por el apóstol Pablo cuando dice a los pastores en Éfeso: “Y ahora hermanos, os encomiendo a Dios, y a la Palabra de su gracia; el cual es poderoso para sobreedificar, y daros heredad con todos los santificados” (Hch. 20:32). Para ellos, la orden de prohibición específica dada por el Señor de que Su Iglesia no debe gobernarse como se gobiernan los gentiles, estaba en pleno vigor y tenía un valor supremo.
La mente “cristiana”, influenciada por el anticristo, se hace conjeturas pensando que era muy ordenado y justo que tales medidas se hubieran tomado. Y que si los apóstoles no lo hicieron, los que siguieron después de ellos estaban en todo el derecho de organizar la Iglesia formando una estructura de gobierno religioso con sus respectivas autoridades eclesiásticas, “para que se cuidaran de que se guardare la integridad de la doctrina”. La preciosa verdad que encontramos en el relato sagrado es que los apóstoles habían entendido la voluntad real del Señor y se redujeron a hacer lo que a ellos se les había encomendado, o sea, el prevenir con advertencias el peligro que estaba por delante. Así, sus acciones y palabras quedaron esculpidas en las páginas del Libro Santo como el dechado perfecto que debía de ser imitado por todas las generaciones que habrían de integrar la Iglesia en el futuro.
Para los apóstoles no fue nada difícil el poder entender que el personaje maravilloso que les había dicho: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18) es más que suficientemente poderoso para cuidar de Su Iglesia. Fácilmente pudieron creer que Aquel quien hizo los cielos y la tierra, y que sustenta la creación con su omnipotencia, es más que capaz de poder guardar y sustentar a Sus hijos, a Su pueblo y a Sus fieles seguidores. Ellos creyeron plenamente en las palabras del Maestro: “He aquí, Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20). También lo habían oído decir: “Y sobre esta Piedra (Cristo mismo), edificaré Mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). Para los apóstoles estas maravillosas promesas no fueron solamente palabras huecas o de poco valor, antes por el contrario, fueron y son palabras vivas y reales siempre presentes; así lo creyeron y lo enseñaron en aquel tiempo. Hasta hoy, el valor de esos mensajes inspirados por el Espíritu Santo es el mismo para los ministros y creyentes fieles.
Repito que es increíble que este razonamiento, tan claro como la luz del sol, no tenga cabida hoy en las mentes de millones y millones de cristianos engañados que viven sujetos y presos bajo la influencia de los “lobos rapaces”, “hombres perversos” y “falsos doctores”. Estos “Diótrefes” a su vez, siendo usados por Satanás, el anticristo, reclaman ser los representantes de Dios; reclaman hasta hoy, tanto por medio de la organización (pirámide) madre como por medio del incontable número de sus hijas, que son los ungidos del Señor y sucesores de los apóstoles. ¡Qué bueno sería que tal reclamo fuera cierto! ¡Qué maravilloso sería que en verdad dijeran e hicieran como actuaron e hicieron los apóstoles del Señor, pero la triste verdad es otra. Mas otra vez: ¡Gracias, Señor, por las reliquias fieles, por el remanente fiel!
Para finalizar este capítulo, quiero enfatizar el hecho de que la breve historia de la Iglesia que hemos citado nos indica, inclusive, que la operación del engaño no obró de un día para otro, de un año para otro. La desviación fue un proceso en el cual el anticristo tomó todo el tiempo necesario. Si no logró su objetivo durante la vida de un ministro, se esperó hasta que éste muriera y viniera otro. Así como nuestro Dios ha usado siempre el factor tiempo para probar la fidelidad de sus hijos, también el diablo ha tomado siempre todo su tiempo para poder engañar a muchos de los hijos de Dios. El apóstol Pablo les dice a los hermanos en Galacia: “¿Tan necios sois?, ¿habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne? (Ga. 3:3). Habían empezado bien pero, al paso del tiempo, Satanás los engañó para que creyeran “a otro evangelio” (Cáp. 1:6).
En la expresión anterior está resumida la operación repetida en todos los siglos y hasta el presente, pues muchas de las pirámides u organizaciones religiosas cristianas que hoy existen, empezaron, ciertamente, “por el Espíritu”. Cuando estaban en proceso de formación, cuando estaban limitados en los diferentes aspectos humanos, buscaron la ayuda y la guianza del Señor. En aquella flaqueza humana operó la potencia de Dios pero, pasó el tiempo y todo cambió. “¡Oh, Gálatas insensatos!” (Ga. 3:1).
Mas esta triste experiencia aconteció a la Iglesia por causa de su desobediencia a las palabras del Señor. Siempre se ha repetido el mismo ciclo entre el pueblo de Dios en todas las edades. Lo vemos cumplido no nomás en Israel sino también en la Iglesia entre los gentiles. Es increíble pero cierto el hecho, a través de toda la historia y hasta el presente día, de que al pueblo del Altísimo se le olvida la advertencia divina que dice: “No os engañéis, Dios no puede ser burlado; que todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Ga. 6:7). Satanás, siendo el maestro y padre de la mentira y conocedor de las debilidades humanas, operó una vez más con sutil astucia para que se repitiera el ciclo señalado por el Espíritu Santo: “Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni dieron gracias. Antes se desvanecieron en sus discursos, y el necio corazón de ellos fue entenebrecido. Diciéndose ser sabios, se hicieron fatuos, y trocaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de animales de cuatro patas, y de serpientes. Por lo cual también Dios los entregó a inmundicia en las concupiscencias de sus corazones, de suerte que contaminaron sus cuerpos entre sí mismos; los cuales mudaron la verdad de Dios en mentira, honrando y sirviendo a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén” (Ro. 1:21-5). Mas gracias damos siempre a nuestro Dios por “el remanente fiel”, ahora tanto en Israel como también en la Iglesia (1 R. 19:18 y Ro. 11:4-5).
Aquí hay un detalle muy importante que nos es conveniente tomar muy en cuenta; los apóstoles estaban completamente conscientes de que la apostasía iba a manifestarse en la Iglesia no muchos días después de la partida de ellos. No es posible citar todas las escrituras en que ellos hablan sobre esto pero menciono algunas de las más sobresalientes. El apóstol Pablo nos dice: “Porque yo sé que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al ganado; y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas, para llevar discípulos tras sí” (Hch. 20:29-30). “Empero el Espíritu dice manifiestamente, que en los venideros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus de error y a doctrinas de demonios; que con hipocresía hablarán mentira, teniendo cauterizada la conciencia. Que prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de las viandas que Dios creó para que con hacimiento de gracias participasen de ellas los fieles, y los que han conocido la verdad” (1 Ti. 4:1-3).
El apóstol Pedro nos dice: “Pero hubo también falsos profetas en el pueblo, como habrá entre vosotros falsos doctores, que introducirán encubiertamente herejías de perdición, y negaran al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos perdición acelerada. Y muchos seguirán sus disoluciones, por los cuales el camino de la verdad será blasfemado; y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas; sobre los cuales la condenación ya de largo tiempo no se tarda, y su perdición no se duerme” (2 P. 2:1-3). Es imposible que la advertencia divina pudiera estar más clara pero también es imposible que la mente turbada pueda ver la verdad, por más nítida que ésta estuviere.
El mirar esta operación del engaño es lo que hizo sufrir a Lot y a Noé, a José y a Samuel, a Jeremías y a Daniel y a todos los profetas y fieles siervos de Dios. Citamos a Pablo y a Pedro pero también hablan de lo mismo Santiago, Judas y Juan. Pero más que en todos ellos, y ahora en nosotros también junto con ellos, está el dolor en el corazón del Señor quien se lamenta: “Oíd, cielos y escucha tú, tierra, porque habla el Señor: Crié hijos y engrandecílos, y ellos se rebelaron contra Mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su Señor. Israel (y ahora la iglesia) no conoce, mi pueblo no conoce, mi pueblo no tiene entendimiento” (Is. 1:2-3).
Ahora, de acuerdo con la lógica de la mentalidad del cristianismo turbado, lo más natural es pensar que aquellos líderes espirituales del pueblo de Dios, al entender tan claramente la gravedad del peligro que acechaba a la Iglesia, deberían de haber dado curso a formar alguna estructura de control humano “para que velaran por la integridad de la obra de Dios” (usando la expresión tan común entre los cristianos desviados en todos los tiempos). Pero vemos entonces que los apóstoles no lo hicieron así, pues no encontramos en todo el Nuevo Testamento ni el menor indicio ni inclinación para hacer tal cosa. En cambio prevaleció entre ellos el consenso expresado por el apóstol Pablo cuando dice a los pastores en Éfeso: “Y ahora hermanos, os encomiendo a Dios, y a la Palabra de su gracia; el cual es poderoso para sobreedificar, y daros heredad con todos los santificados” (Hch. 20:32). Para ellos, la orden de prohibición específica dada por el Señor de que Su Iglesia no debe gobernarse como se gobiernan los gentiles, estaba en pleno vigor y tenía un valor supremo.
La mente “cristiana”, influenciada por el anticristo, se hace conjeturas pensando que era muy ordenado y justo que tales medidas se hubieran tomado. Y que si los apóstoles no lo hicieron, los que siguieron después de ellos estaban en todo el derecho de organizar la Iglesia formando una estructura de gobierno religioso con sus respectivas autoridades eclesiásticas, “para que se cuidaran de que se guardare la integridad de la doctrina”. La preciosa verdad que encontramos en el relato sagrado es que los apóstoles habían entendido la voluntad real del Señor y se redujeron a hacer lo que a ellos se les había encomendado, o sea, el prevenir con advertencias el peligro que estaba por delante. Así, sus acciones y palabras quedaron esculpidas en las páginas del Libro Santo como el dechado perfecto que debía de ser imitado por todas las generaciones que habrían de integrar la Iglesia en el futuro.
Para los apóstoles no fue nada difícil el poder entender que el personaje maravilloso que les había dicho: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18) es más que suficientemente poderoso para cuidar de Su Iglesia. Fácilmente pudieron creer que Aquel quien hizo los cielos y la tierra, y que sustenta la creación con su omnipotencia, es más que capaz de poder guardar y sustentar a Sus hijos, a Su pueblo y a Sus fieles seguidores. Ellos creyeron plenamente en las palabras del Maestro: “He aquí, Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20). También lo habían oído decir: “Y sobre esta Piedra (Cristo mismo), edificaré Mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt. 16:18). Para los apóstoles estas maravillosas promesas no fueron solamente palabras huecas o de poco valor, antes por el contrario, fueron y son palabras vivas y reales siempre presentes; así lo creyeron y lo enseñaron en aquel tiempo. Hasta hoy, el valor de esos mensajes inspirados por el Espíritu Santo es el mismo para los ministros y creyentes fieles.
Repito que es increíble que este razonamiento, tan claro como la luz del sol, no tenga cabida hoy en las mentes de millones y millones de cristianos engañados que viven sujetos y presos bajo la influencia de los “lobos rapaces”, “hombres perversos” y “falsos doctores”. Estos “Diótrefes” a su vez, siendo usados por Satanás, el anticristo, reclaman ser los representantes de Dios; reclaman hasta hoy, tanto por medio de la organización (pirámide) madre como por medio del incontable número de sus hijas, que son los ungidos del Señor y sucesores de los apóstoles. ¡Qué bueno sería que tal reclamo fuera cierto! ¡Qué maravilloso sería que en verdad dijeran e hicieran como actuaron e hicieron los apóstoles del Señor, pero la triste verdad es otra. Mas otra vez: ¡Gracias, Señor, por las reliquias fieles, por el remanente fiel!
Para finalizar este capítulo, quiero enfatizar el hecho de que la breve historia de la Iglesia que hemos citado nos indica, inclusive, que la operación del engaño no obró de un día para otro, de un año para otro. La desviación fue un proceso en el cual el anticristo tomó todo el tiempo necesario. Si no logró su objetivo durante la vida de un ministro, se esperó hasta que éste muriera y viniera otro. Así como nuestro Dios ha usado siempre el factor tiempo para probar la fidelidad de sus hijos, también el diablo ha tomado siempre todo su tiempo para poder engañar a muchos de los hijos de Dios. El apóstol Pablo les dice a los hermanos en Galacia: “¿Tan necios sois?, ¿habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne? (Ga. 3:3). Habían empezado bien pero, al paso del tiempo, Satanás los engañó para que creyeran “a otro evangelio” (Cáp. 1:6).
En la expresión anterior está resumida la operación repetida en todos los siglos y hasta el presente, pues muchas de las pirámides u organizaciones religiosas cristianas que hoy existen, empezaron, ciertamente, “por el Espíritu”. Cuando estaban en proceso de formación, cuando estaban limitados en los diferentes aspectos humanos, buscaron la ayuda y la guianza del Señor. En aquella flaqueza humana operó la potencia de Dios pero, pasó el tiempo y todo cambió. “¡Oh, Gálatas insensatos!” (Ga. 3:1).
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