Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Octubre 2011 página 16.
Revista Maranatha Edición de Octubre 2011 página 16.
Habiendo enumerado en breve algunas de las doctrinas de error que entraron en la Iglesia y tomaron fuerza en los primeros siglos, consideremos ahora lo que pasó después de “que fue quitado de en medio lo que impedía” (2 Ts. 2:6). Cuando terminó la última y más encarnizada persecución en el año 311, los cristianos, por todo el vasto Imperio, dieron gracias a Dios. Pensaron entonces que el cese definitivo de las persecuciones que por cerca de tres siglos habían afligido al cristianismo en forma intermitente era la bendición más grande que podía haber recibido la Iglesia. (Este concepto prevalece hasta el día de hoy en las mentes del cristianismo nominal). Pero la terrible realidad era otra.
Como los explicamos antes, Satanás había estado preparando el terreno en el corazón de los “Diótrefes” para dar el golpe mayor, y sabía que el tiempo propicio había llegado. Aquel remanso de paz no era el fin de la tempestad, como muchos entonces creyeron, antes por lo contrario, pues ésta era la preparación en la estrategia satánica para el ataque supremo. Lo que seguía ahora ya no iba a ser persecución en la condición física, sino en las mentes y en los sentimientos; el desvío espiritual completo para que se cumpliera lo anticipado por el Espíritu Santo por medio de los apóstoles (Hch. 20:29-38, 1 Ti. 4:1-3, 2 Ti. 3:1-5, 2 P. 2:1-3, Judas 1:18-19).
Como los explicamos antes, Satanás había estado preparando el terreno en el corazón de los “Diótrefes” para dar el golpe mayor, y sabía que el tiempo propicio había llegado. Aquel remanso de paz no era el fin de la tempestad, como muchos entonces creyeron, antes por lo contrario, pues ésta era la preparación en la estrategia satánica para el ataque supremo. Lo que seguía ahora ya no iba a ser persecución en la condición física, sino en las mentes y en los sentimientos; el desvío espiritual completo para que se cumpliera lo anticipado por el Espíritu Santo por medio de los apóstoles (Hch. 20:29-38, 1 Ti. 4:1-3, 2 Ti. 3:1-5, 2 P. 2:1-3, Judas 1:18-19).
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