Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Abril 2011 página 1.
Revista Maranatha Edición de Abril 2011 página 1.
"Porque la Ley por Moisés fue dada: mas la gracia y la verdad por Jesucristo fue hecha" (Jn. 1:17).
Cito esta declaración de Juan apóstol, para enfatizar un hecho innegable, y éste es que nunca sería posible el disertar de la Gracia de Dios (hecha por nuestro Señor Jesucristo mismo, para alcanzar también a los gentiles), sin mencionar la Ley de Dios dada por Moisés al pueblo de Israel, la una y la otra están en tal forma tan entrelazadas, por la voluntad del eterno, que una sin la otra realmente no podrían existir. Para comprobar esta declaración todo lo que tengo que decir es que cualquiera de nosotros, entre los cristianos gentiles, al tratar de aceptar solamente el nuevo testamento, rechazando el antiguo, se va a encontrar en la absurda situación como la de un horticultor que quisiere tener un árbol sin tronco.
Fíjate bien, mi estimado hermano lector, que lo antes dicho aplica a nosotros, a aquellos que, siendo acebuches, hemos sido, solamente por la maravillosa gracia de Dios, ingeridos en lugar de ellas (o sea de las ramas naturales que por amor a nosotros han sido quebradas), y hemos sido (ahora) participantes de la raíz y de la grosura de la oliva (Rom. 11:17). A aquellos que en el tiempo pasado no éramos pueblo de Dios (1 Ped. 2:10), para los que en aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la república de Israel, y extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef. 2:12).
Fíjate bien, mi estimado hermano lector, que lo antes dicho aplica a nosotros, a aquellos que, siendo acebuches, hemos sido, solamente por la maravillosa gracia de Dios, ingeridos en lugar de ellas (o sea de las ramas naturales que por amor a nosotros han sido quebradas), y hemos sido (ahora) participantes de la raíz y de la grosura de la oliva (Rom. 11:17). A aquellos que en el tiempo pasado no éramos pueblo de Dios (1 Ped. 2:10), para los que en aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la república de Israel, y extranjeros a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef. 2:12).
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