Autor: Pastor Efraim Valverde, Sr.
Revista Maranatha Edición de Octubre 2012 página 1.
Revista Maranatha Edición de Octubre 2012 página 1.
“Y en ningún otro hay salud (salvación); porque no hay otro Nombre debajo el cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4:12)
“Yo no predico el nombre, yo predico a Jesús,” gritaba el predicador, agregando a continuación: “No es el nombre de Jesús lo que vale más, sino aquel a quien ese nombre representa.” Naturalmente que este razonamiento tenia aceptación entre la multitud que escuchaba, pues muchas gargantas gritaban en respuesta afirmativa: “¡Amen!” Oyendo una vez más ese razonamiento que muchas veces he escuchado en el transcurso de mi vida en el Señor, sentí un profundo dolor. Pues en esta vez no lo estaba escuchando de los labios de nuestros hermanos creyentes en la Trinidad de Dios, sino de uno de los que un día fue bautizado en él Nombre Supremo de Dios, que es JESUCRISTO, nuestro Salvador, JESUS EL SEÑOR.
Provocado así a celos escribo y pregunto hoy a todos y a cada uno de mis hermanos que leyeren estos renglones: ¿Qué tan correcto, o qué tan fuera de orden está el razonamiento aludido? Por mi parte, no tengo la menor duda, ni el menor impedimento, para declarar enfáticamente, que el tal razonamiento, está completamente fuera del orden que señalan las Sagradas Escrituras. Pues la Palabra de Dios declara en una forma específica, clara y concisa, que el Dios Eterno, el Dios de la Gloria, el Dios de Israel que es el mismo Dios de la Iglesia, ha querido depositar su poder salvador en “...un Nombre que es sobre todo nombre”: “Jesucristo el Señor.” (Fil. 2:9-11)
Provocado así a celos escribo y pregunto hoy a todos y a cada uno de mis hermanos que leyeren estos renglones: ¿Qué tan correcto, o qué tan fuera de orden está el razonamiento aludido? Por mi parte, no tengo la menor duda, ni el menor impedimento, para declarar enfáticamente, que el tal razonamiento, está completamente fuera del orden que señalan las Sagradas Escrituras. Pues la Palabra de Dios declara en una forma específica, clara y concisa, que el Dios Eterno, el Dios de la Gloria, el Dios de Israel que es el mismo Dios de la Iglesia, ha querido depositar su poder salvador en “...un Nombre que es sobre todo nombre”: “Jesucristo el Señor.” (Fil. 2:9-11)
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